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Michael Moore y el caso de la General Motors: ¿Se avecina el fin del capitalismo?

12/06/2009

  

Reproduzco con mucho placer un artículo publicado originalmente en rebelión, que analiza de manera brillante un discurso del cineasta Michael Moore a propósito de la quiebra de GM. Realmente, no tiene desperdicio. Tómese un tiempo para disfrutarlo…

Introducción: El hombre que opina demasiado

El pasado mes de octubre de 2008, tras la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de su país, Michael Moore publicó una carta sonrojante para pregonar su felicidad. Uno de nosotros la tradujo, pero le añadió un epílogo con el objetivo de marcar distancias. En aquel epílogo se leía lo siguiente: “Michael Moore es un autor muy querido en estas páginas. Básteme decir que sus diatribas contra las canalladas de todo tipo que comete su país alcanzan aquí cifras espectaculares de lectura. A mí, personalmente, me parece un personaje simpático, ingenioso, buen cineasta comprometido y mediano escritor, pero siempre me deja con la sensación de no llegar al fondo en sus análisis políticos, pues por muy a contracorriente que parezca su obra y por muy a la izquierda que se lo sitúe en la farándula usamericana, creo que fuera del ámbito imperial no pasaría de ser un lúcido socialdemócrata.”

Aquella descripción nos sigue gustando. Además, sus películas son refrescantes y divertidas y tienen la ventaja de fustigar situaciones que en su país son moneda corriente, mientras que en el resto del mundo producen vergüenza. Sobre todo porque no es normal que en el vergel de la democracia, de la libertad, del nosotros el pueblo y demás vaguedades, a uno puedan fácilmente descerrajarle un tiro en un mal día, y todo a causa de esa cuarta enmienda que permite comprar un pistolón a quien le apetezca (a muchos allí les apetece); o negarle a una anciana atención médica en un hospital por el hecho de ser pobre. A Michael Moore no le gustan esas cosas. Por eso las condena con imágenes. Tampoco le gustó nunca el tramposo de George Bush y no dudó en ridiculizarlo en una película. Más tarde, para sacarle de nuevo los colores, organizó una caravana de ayuda a Nueva Orleans cuando el Katrina. Es un buen tipo.

Pero escribe demasiado y a veces habla por hablar, como cuando en su libro ¿Qué han hecho con mi país, tío? [Dude, Where’s My Country, 2005] se le ocurrió “designar” a la presentadora de televisión Oprah Winfrey como candidata ideal para llevar al país a la tierra prometida desde el Despacho Oval. No estamos bromeando, vayan y lean. Eso es lo que tiene opinar de cualquier cosa: las carencias terminan por salir a la luz, porque no es posible saber de todo. Pero a Michael se le perdonan, es como el pariente gordinflón que uno tiene en la familia y que a veces se pasa de gracioso. Los sitios web de izquierda alternativa se lo rifan.

Hace unos días volvió a opinar de lo que no sabe. En Rebelión, cuando leímos el original inglés, “Goodbye, GM”, hubo apuestas sobre cuánto tiempo pasaría antes de que en algún lugar apareciese en español. Ganó la apuesta que vaticinó 48 horas, pues eso es lo que tardó La Jornada en traducirlo: “Adiós, General Motors”.

Con todos los respetos, nosotros dos creemos que el bueno de Michael se equivoca en las fabulaciones que allí cuenta y eso es lo que trataremos de explicar a partir de este punto y aparte

A CONTINUACIÓN, EL ESCRITO DE MICHAEL MOORE:

ADIÓS, GM

Escribo esto en la mañana del fin de la otrora poderosa General Motors. Al mediodía, el presidente de Estados Unidos lo hará oficial: General Motors, como la conocemos, ha terminado.

Sentado aquí en la ciudad natal de GM, Flint, Michigan, estoy rodeado de amigos y familiares llenos de ansiedad por lo que pasará con ellos y con la ciudad. Cuarenta por ciento de los hogares y negocios de la localidad han sido abandonados. Imagine el lector lo que sería vivir en una ciudad donde casi todas las demás casas estuvieran vacías. ¿Cuál sería su estado de ánimo?

Es una triste ironía que la compañía que inventó la obsolescencia planeada –la decisión de construir automóviles que se cayeran en pedazos en unos cuantos años para que el cliente tuviera que comprar otro coche– ahora se haya vuelto obsoleta. Se negó a fabricar los automóviles que el público quería, que tuvieran gran rendimiento de gasolina, que fueran lo más seguros posible y extremadamente cómodos de manejar. Ah, y que no comenzaran a desmoronarse en unos años.

GM se empeñó en combatir las reglamentaciones ambientales y de seguridad. Sus ejecutivos desdeñaban con arrogancia los inferiores autos japoneses y alemanes, los cuales llegarían a ser el patrón oro de los compradores de coches. Y estaba empecinada en castigar a su fuerza de trabajo sindicalizada, despidiendo a miles de trabajadores por ninguna otra razón que mejorar el estado de resultados a corto plazo de la corporación. De 1980 en adelante, cuando reportaba utilidades sin precedente, trasladó incontables puestos de trabajo a México y otros lugares, con lo que destruyó la vida de decenas de miles de esforzados estadunidenses. La patente estupidez de esta política radicaba en que, al eliminar el ingreso de tantas familias de clase media, ¿quién creían que iba a poder comprar sus automóviles? La historia registrará este yerro en la misma forma en que hoy recuerda a los franceses que construyeron la Línea Maginot o a los romanos que envenenaron inadvertidamente su sistema de agua al incorporar plomo letal a sus tuberías.

Aquí estamos, pues, en el lecho de muerte de General Motors. El cuerpo de la empresa aún no está frío y descubro que me siento rebosante de –me atrevo a decir– júbilo. No es el júbilo de la venganza contra una corporación que arruinó mi ciudad natal, que dejó sin hogar a la gente con la que crecí y le trajo miseria, divorcios, alcoholismo, desamparo, debilidad física y mental y drogadicción.  Tampoco, obviamente, me alegra saber que otros 21 mil trabajadores de GM recibirán la noticia de que también ellos se han quedado sin empleo. Pero ustedes y nosotros y el resto de los estadunidenses ¡ahora somos dueños de una empresa automotriz!

Lo sé, lo sé… ¿quién diablos quiere manejar una fábrica de autos? ¿Quién de nosotros quiere que 50 mil millones de dólares de nuestros impuestos se arrojen al agujero de ratas que será este nuevo intento de rescate de GM? Digámoslo con claridad: la única forma de salvar a la empresa es darle muerte.

Sin embargo, salvar nuestra preciosa infraestructura industrial es otra cosa, y debemos darle máxima prioridad. Si dejamos que cierren y desmantelen nuestras plantas, lamentaremos amargamente su desaparición cuando caigamos en cuenta de que esas fábricas podrían haber construido los sistemas de energía alternativa que necesitamos con desesperación. Y cuando reparemos en que la mejor forma de transportarnos es con ferrovías ligeras, trenes balas y autobuses más limpios, ¿cómo podremos construirlos si permitimos que desaparezca nuestra capacidad industrial y su fuerza de trabajo capacitada?

Así pues, ahora que el gobierno federal y el tribunal de quiebras reorganizan a General Motors, he aquí el plan que pido al presidente Barack Obama que ponga en práctica para bien de los trabajadores, de las comunidades de GM y de la nación en su conjunto. Hace 20 años, cuando hice Roger & Me, traté de advertir a la gente sobre lo que le esperaba a General Motors. Si la estructura del poder y la tecnocracia hubiera escuchado, tal vez mucho de esto se habría podido evitar. Con base en mi trayectoria, solicito que se preste honrada y sincera consideración a las sugerencias siguientes:

1. Así como hizo el presidente Roosevelt después del ataque a Pearl Harbor, Obama debe decir a la nación que estamos en guerra y que debemos convertir de inmediato nuestras fábricas de automóviles en instalaciones que construyan vehículos de transporte en masa y dispositivos de energía alternativa. En 1942, en Flint, en cuestión de meses GM detuvo toda la producción de autos y de inmediato usó las líneas de producción para construir aviones, tanques y ametralladoras. La conversión se realizó en un abrir y cerrar de ojos. Todo el mundo participó. Los fascistas fueron derrotados.

Ahora estamos en una guerra diferente, la que hemos emprendido contra el ecosistema, guiados por nuestros líderes. Esta guerra tiene dos frentes. Uno tiene su cuartel general en Detroit. Los productos construidos en las fábricas de GM, Ford y Chrysler son algunas de las mayores armas de destrucción en masa, causantes del calentamiento global y del derretimiento de nuestros casquetes polares. Puede que esos objetos que llamamos carros sean divertidos de manejar, pero son como un millón de dagas en el corazón de la madre naturaleza. Continuar construyéndolos sólo conducirá a la ruina de nuestra especie y de gran parte del planeta.

El otro frente en esta guerra ha sido abierto por las compañías petroleras contra ustedes y yo. Están dedicadas a esquilmarnos todo lo que pueden, y han sido irrefrenables vendedoras de la finita cantidad de petróleo que se ubica bajo la superficie de la tierra. Saben que la están chupando hasta dejarla seca. Y como los magnates madereros de principios del siglo XX, a quienes les importaban un cacahuate las generaciones futuras y arrasaban con cuanto bosque cayera en sus manos, estos barones del petróleo no dirán al público lo que saben que es verdad: que queda sólo crudo utilizable para unas cuantas décadas más en el planeta. Y conforme los días finales del petróleo se acercan, prepárense para ver a algunas personas muy desesperadas, dispuestas a matar o morir por un litro de gasolina.

El presidente Obama, ahora que ha asumido el control de GM, necesita convertir de inmediato las fábricas a los nuevos usos necesarios.

2. No pongan otros 30 mil millones de dólares en las arcas de GM para fabricar automóviles. Usen ese dinero para mantener empleada a la actual fuerza de trabajo –y a la mayoría de los que han sido despedidos– para que pueda construir los nuevos modos de transporte del siglo XXI. Que el trabajo de conversión empiece ahora mismo.

3. Anuncien que en los próximos cinco años tendremos trenes balas cruzando el país. Japón celebra este año el aniversario 45 de su primer tren bala; ahora tiene docenas. Velocidad promedio: 265 kilómetros por hora. Tiempo de demora promedio: 30 segundos. Ellos llevan ya casi cinco décadas con esos trenes de alta velocidad… ¡y nosotros no tenemos uno solo! Es criminal que ya exista la tecnología para ir de Nueva York a Los Ángeles en 17 horas, y que no la hayamos usado. Contratemos a los desempleados para que construyan las nuevas vías de alta velocidad por todo el país. De Chicago a Detroit en menos de dos horas. De Miami a Washington en menos de siete. De Denver a Dallas en cinco y media. Se puede hacer, y hacerse ya.

4. Emprendan un programa para poner líneas de tren ligero masivo en todas nuestras ciudades grandes y medianas. Construyan esos trenes en las fábricas de GM. Y contraten pobladores locales en todas partes para instalar y operar este sistema.

5. Para los habitantes de zonas rurales que no sean atendidos por los trenes, que las plantas de GM produzcan autobuses limpios y eficientes en el uso de energía.

6. Por el momento, que algunas fábricas construyan vehículos híbridos o eléctricos (y baterías). Llevará algunos años que la gente se acostumbre a las nuevas formas de transporte, así que si vamos a tener automóviles, que sean más amables. Podemos construirlos el mes próximo (no le crean a quien les diga que llevaría años reacondicionar esas fábricas: no es cierto).

7. Transformen algunas de las fábricas vacías de GM en instalaciones que construyan molinos de viento, paneles solares y otros medios de energía alternativa. Ahora mismo necesitamos decenas de millones de paneles. Y existe una fuerza de trabajo capacitada y dispuesta que puede construirlos.

8. Concedan incentivos fiscales a quienes se transporten en automóvil híbrido o en autobús o tren. También, créditos para quienes conviertan su hogar a energía alternativa.

9. Para contribuir a sufragar esto, impongan un gravamen de dos dólares por cada litro de gasolina. Esto impulsará a las personas a cambiar hacia autos ahorradores de energía o a utilizar las nuevas líneas de tren que las antiguas empresas automotrices han construido para ellas.

Bueno, es un principio. Por favor, por favor, no salven a GM para que una versión más pequeña de ella no haga otra cosa que construir Chevys o Cadillacs. Eso no es solución a largo plazo. No tiren dinero bueno en una compañía cuyo tubo de escape funciona mal y llena el auto de un olor extraño. Este año se cumple un siglo de que los fundadores de General Motors convencieron al mundo de renunciar a sus caballos, sus sillas y sus carruajes para probar un nuevo modo de transporte. Ahora es tiempo de que digamos adiós al motor de combustión interna. Parece habernos servido bien durante largo rato. Disfrutamos los restaurantes de servicio en el auto. Nos divertimos en el asiento delantero y también en el trasero. Vimos películas en grandes pantallas al aire libre, fuimos a las carreras en pistas de todo el país, y echamos nuestra primera ojeada al Pacífico desde la ventanilla por la autopista costera. Y ahora, ya acabó. Es un nuevo día y un nuevo siglo. El presidente –y el sindicato de trabajadores automotrices– deben aprovechar el momento y crear una gran jarra de limonada con este limón* tan amargo y triste.

Ayer, la última persona sobreviviente del desastre del Titanic pasó a mejor vida. Escapó a una muerte segura esa noche y vivió otros 97 años. Del mismo modo, podemos sobrevivir a nuestro Titanic en todos los Flints, Michigan, de este país. Sesenta por ciento de GM es nuestro. Creo que podemos darle un mejor empleo.

* En lenguaje informal, los estadunidenses llaman lemon a cualquier objeto inservible, por ejemplo, un automóvil (T.)

El Imperio en el corazón

Moore inicia bien su relato. El certificado de defunción de la General Motors le sirve para hacer un recorrido por los cien años de historia de este emblema del capitalismo. Y no oculta su alegría por el acontecimiento: “…me siento rebosante de –me atrevo a decir– júbilo”. Es normal, ninguna persona bien nacida debería morir sin asistir al batacazo de al menos un enemigo del pueblo. Añade luego otros tres párrafos introductorios y, a partir de ahí, entra en faena. Pero esta vez ya no se trata de tirar cohetes por la llegada de Obama, sino de darle consejos de política económica: “…solicito que se preste honrada y sincera consideración a las sugerencias siguientes…”.

Y comienza recordando el pasado, cuando en 1942 el presidente Roosevelt transformó la industria automovilística en armamentista y la General Motors se puso a construir aviones, tanques y ametralladoras. Y entonces a Michael se le escapan un par de afirmaciones que invitan a reflexionar: “Todo el mundo participó. Los fascistas fueron derrotados.” Vaya, vaya, nuestro hombre no se sale ni un milímetro de la línea oficial, según la cual aquella guerra fue contra el fascismo, no un juego a cuatro bandas de poderes imperiales, cada uno de ellos con sus propios intereses bien calculados. Cualquiera diría que se ha creído el sofisma de que su país entró en la contienda para salvar la democracia. Como si el auténtico enemigo de Roosevelt hubiera sido Hitler, no Stalin. La verdad es que a Usamérica le salió tan bien la jugada que luego pudo escribir la historia a su medida y Michael ni siquiera la pone en duda. Pero, en fin, pelillos a la mar, no es este detalle el que nos interesa aquí, por mucho que demuestre que el corazón de todo inconformista usamericano guarda siempre un rinconcito donde el Imperio dormita agazapado.

Michael Moore, que trabajó en la industria del automóvil antes de hacer cine, se muestra inquieto por el futuro de las gentes de su pueblo, Flint, situado en el epicentro del otrora poderosísimo sector de la industria automotriz, hoy casi convertido en aldea fantasma. Y empieza a enumerar su lista de consejos al presidente Obama: “No pongan otros 30 mil millones de dólares en las arcas de GM para fabricar automóviles. Usen ese dinero para mantener empleada a la actual fuerza de trabajo –y a la mayoría de los que han sido despedidos– para que pueda construir los nuevos modos de transporte del siglo XXI. Que el trabajo de conversión empiece ahora mismo.”

¿Una crisis económica?

Aquí arranca la primera distorsión. Michael Moore se resigna a que su gobierno haya tirado al retrete una cantidad ingente de dinero. Pero le parece inaceptable que Washington repita el mismo farol en esta jugada de póquer industrial y la General Motors siga fabricando más de lo mismo: automóviles con motor de combustión. Cabría entonces preguntarse –él no lo hace, pero nosotros sí–: ¿De dónde carajo provienen esos 30 mil millones de dólares? ¿Acaso existen? Es evidente que cuando alguien controla la máquina de imprimir papel con curso legal, la existencia de ese dinero es un hecho, ya se trate de billetes verdes, de bonos del Tesoro, de pagarés o del aval del Estado. Así que reformularemos la pregunta: ¿Acaso esos 30 mil millones de dólares representan alguna riqueza tangible? La respuesta es que no, son puro humo.

Según cálculos recientes, la suma de las deudas federal, estatal, municipal, corporativa y privada de ese país asciende a más de 48 billones de dólares, es decir, a cuarenta y ocho mil millones de millones(sí, con 12 ceros después del 48). Por pura curiosidad, dado que al común de los mortales le resulta difícil imaginar cuánta guita es eso, añadiremos que, depositados como un multikilométrico fajo de billetes de 1000 dólares a lo largo del espacio en línea recta, los 48 billones alcanzarían para cubrir la distancia entre Nueva York y Los Ángeles… y aún sería posible seguirles el rastro por sunny California hasta Tijuana. Ésa es la deuda de Usamérica, la que por contrato tiene que pagar con intereses. Cada persona de ese país –mujer, varón, niño o anciano– nace y vive con una deuda de 183.000 dólares a las espaldas.

¿Y cual es el valor doméstico neto, es decir, lo que realmente “vale” el país? Según la Reserva Federal, en 2008 el valor doméstico neto ascendía a 51.200 billones de dólares, lo cual, a simple vista, no parece que esté mal. El problema –siempre hay un problema– es que esas cifras están trucadas por obra y gracia de la ingeniería estadística, como bien demuestra Chris Martenson en su Crash Course, ya que incluyen activos inmobiliarios ampliamente sobrevalorados y que hoy no valen nada, fondos de pensiones que el viento se llevó, acciones bursátiles fluctuantes y hasta la lavadora, el coche viejo o el horno de microondas que uno tiene en su casa. Tras largas décadas de trampas estadísticas continuadas, Washington ha logrado que sea imposible calcular el valor doméstico neto real del país.

Pero la diferencia entre el haber y el debe es tan pantagruélica que es posible afirmar, sin temor a equivocarse, que Usamérica, al menos técnicamente, está en la ruina más miserable y si hasta ahora ha sobrevivido fue gracias a los más de 2.000 millones de dólares diarios que entraban desde el extranjero en la economía nacional a cambio de bonos del Tesoro… y a la constante emisión de montañas de dólares que, sin respaldo alguno, salen calentitas del horno de la Reserva Federal.

Pero ¿qué sucederá ahora que prácticamente todas las economías del planeta también están arruinadas? ¿A quién le sobrarán unos billetes para invertir en el Imperio? Los rescates multimillonarios de Obama –y los de Europa también, sobre todo ahora que el Banco Central Europeo ha empezado a darle a la maquinita mágica de los billetes para disimular el caos económico de la Unión Europea– no son más que una manera de ganar tiempo antes de la quiebra. Lo mismo da que Washington “nacionalice” la General Motors por 30 mil que por 60 mil millones, porque está comprando un cadáver caliente y lo paga con papel de Monopoly. Nadie gana ni pierde nada en la transacción.

Pero sigamos con Michael Moore y sus consejos, pues lo más interesante está aún por analizar. “Anuncien que en los próximos cinco años tendremos trenes balas cruzando el país”, suplica. Y continúa:“Emprendan un programa para poner líneas de tren ligero masivo en todas nuestras ciudades grandes y medianas. Construyan esos trenes en las fábricas de GM. […] Para los habitantes de zonas rurales que no sean atendidos por los trenes, que las plantas de GM produzcan autobuses limpios y eficientes en el uso de energía. […] Por el momento, que algunas fábricas construyan vehículos híbridos o eléctricos (y baterías).

 

La economía de la energía

Curva de Hubbert (pico del petróleo)A simple vista, la idea parece socialmente certera e invita a aplaudir, pues el hecho de que alguien abogue sin rodeos por el transporte en común en el país que inventó el coche privado podría ser incluso revolucionario. Pero a Michael lo pierde su fe ciega en la virtud capitalista del crecimiento exponencial y se ha olvidado de echar cuentas. No sólo hoy es ya imposible repetir un nuevo New Deal rooseveltiano a causa la situación catastrófica de la economía mundial (Roosevelt, al menos, confiscó todo el oro del país para poner a la gente a trabajar; hoy no hay oro que valga, sólo papel), sino que al capitalismo le ha salido un achaque donde menos lo esperaba, en el corazón… ¡Disculpen!, queríamos decir en el motor: le está fallando el petróleo que hasta ahora le servía de bendita sangre oxigenada para crecer sin descanso. Porque lo que a Michael Moore no se le ha ocurrido hacer, incluso si está enterado de que algo falla en ese asunto (“Y conforme los días finales del petróleo se acercan, prepárense para ver a algunas personas muy desesperadas, dispuestas a matar o morir por un litro de gasolina”), es sentarse a estudiar el pico del petróleo, el momento geológico natural en que todo pozo petrolífero alcanza inexorablemente el máximo de su producción. Tras dicho pico (situado entre ahora mismo y dentro de unos pocos años, aunque desde el punto de vista histórico eso es irrelevante), la curva estadística adopta una forma de campana y empieza a decrecer hasta que el rendimiento del pozo cae a cero. No hay camino de retorno. Pero esas tres palabras sencillas –pico del petróleo– son algo más: la pícara venganza póstuma que el destino está a punto de ofrecerle en bandeja a Karl Marx, la insuficiencia cardíaca del capitalismo.

 
Os lo dije…
(Transfotografía de Abbé Nozal)

¿Y por qué sucede eso? La Tierra, ya lo saben los lectores, es esférica, lo cual quiere decir que los recursos que contiene en el subsuelo son finitos. El petróleo –recurso energético por antonomasia– también lo es: el que aún queda en el vientre de la Tierra es todo el petróleo con el que podemos contar y, cuando se termine, será para siempre. Por el momento, retengan esta frase, que enlaza retóricamente con lo dicho en el párrafo anterior: “La energía es la sangre que da vida a cualquier economía”. Es de Chris Martenson; sí, el autor del Crash Course ya citado, al que regresaremos.

Explicaremos ahora el falso equívoco cardiovascular que acabamos de utilizar. La alusión a una insuficiencia cardíaca no ha sido casual. Hace unos meses, en un intercambio de correos electrónicos con un amigo latinoamericano a propósito de la crisis económica actual, uno de nosotros (MT) utilizó un símil de la ciencia médica para tratar de explicar el sorprendente mutismo de los economistas “televisivos” ante el auténtico problema de la crisis, que no es de dinero, sino de energía o, mejor aún, de escasez de energía. Lo siguiente es una copia textual de aquel largo mensaje:

«No acabo de entender cómo esos economistas y ‘expertos’ de todo pelaje siguen diciendo que el problema de nuestro tiempo es económico, no de recursos. A lo más que llegan en ese terreno es a poner el dedo no en la llaga de su escasez, sino en la del exceso de residuos y de cómo eliminarlos.

»Si bien es cierto que el exceso de residuos es abrumador, yo no creo que la escasez de recursos haya dejado de ser lo fundamental. Es más, creo que es lo fundamental y lo que destruirá el sistema en que vivimos, y me estoy refiriendo a ese recurso básico sin el cual nada es posible, el petróleo. La energía que se obtiene de él es la base material de la reproducción del sistema capitalista y su escasez permite entender que las manifestaciones financieras de la crisis deberían ubicarse en ese contexto, si es que de verdad deseamos desenmascarar las limitaciones de la respuesta crediticia elegida por los Estados al servicio del capital, así como la futilidad de esas inyecciones de dinero intangible.

»El esquema es inviable, como también lo será muy pronto la financiación del dominio imperial con ingresos diarios en sus arcas de miles de millones de dólares procedentes del resto del mundo. No hay capacidad económica en este planeta para colmar la gigantesca brecha de la deuda yanqui. Ni siquiera la suma de los excedentes que pudieran ofrecer, suponiendo que quisieran hacerlo, chinos, indios, japoneses y rusos, además de algunos asiáticos ‘emergentes’ y las petrocracias de Oriente Próximo, podría financiar un nuevo ‘organismo’ para la economía del Imperio. Esa economía sufre una grave enfermedad terminal y ya sólo dispone de la fuerza bruta. Su cacareado potencial tecnológico y de innovación también depende de la disponibilidad de hidrocarburos fósiles. Una prueba intuitiva de que el capitalismo no puede funcionar sin petróleo es la feroz disputa por los recursos que llevan a cabo las potencias a lo largo y ancho del planeta, que Michael T. Klare expone con abundante información en Planeta sediento recursos menguantes. Los costos en vidas humanas, en terror y en destrucción medioambiental de esa disputa invitan a concluir que la socialdemocracia, el único residuo de una izquierda edulcorada que todavía ostenta el poder en algunos países, es incapaz de entender el momento histórico que vivimos.

»El pico del petróleo (y luego el del gas) están a la vuelta de la esquina. Échale un vistazo a lo que dice la ASPO. Todo, la agricultura, la industria, la automoción, el transporte, las comunicaciones, todo, todo, todo de este mundo que hemos creado en los últimos 150 años, incluso algo tan minúsculo como este mensaje que ahora mismo te estoy escribiendo, se basa al 80% en la energía fósil y, sin ella, se derrumbará. El capitalismo, estoy convencido, no morirá por ninguna revolución, sino de inanición energética.

»Otro ‘experto’ de lenguaje hueco dijo ayer en la tele, con tono paternalista, que ‘incluso si la Tierra tiene recursos suficientes para todos, más de la mitad de sus habitantes carecen de los mínimos para sobrevivir’. Pero del petróleo, ni pío. Supongo que cuando hablaba de recursos se refería a los más básicos, como la alimentación, que hoy están producidos al 90% por energía fósil, la cual ha permitido la superpoblación del planeta. Lo que no explicó es que esos alimentos están artificialmente hinchados. Somos el homo petroleus y dejaremos de serlo, con una mortandad por hambruna que ya está calculada en la ecuación, cuando el petróleo se agote. No olvidemos que los demás recursos, como los procedentes de la minería, también necesitan energía para ir a buscarlos bajo tierra, de manera que, aunque sigan existiendo, no se podrán extraer en las cantidades de crecimiento infinito que exige el capitalismo. No entiendo cómo a ningún periodista se le ocurre arrinconar a esos expertos económicos, que siguen viviendo en su atalaya de fórmulas matemáticas y explicaciones que no entiende nadie, con preguntas sobre la energía, pues sin ese factor todo el resto el discurso económico se convierte en el cuento de la lechera.

»Cualquiera diría que para ellos la economía es una ciencia autista que ejerce su efecto sin feedback energético alguno y no se les ocurre analizarla como componente de un biosistema en el que todas las partes interactúan. Es como si estudiásemos la hemodinámica del corazón sin tener en cuenta que lo primero que necesita el paciente es comer, pues si no come se morirá de hambre y, una vez muerto, a ver quién es el guapo que pone en marcha de nuevo su corazón para seguir estudiando hemodinámica. El corazón del capitalismo es su motor y funciona con energía, que es su alimento; el petróleo es como la sangre oxigenada que permite latir sin descanso, sístole, diástole, sístole, diástole, sístole, diástole… Esto que te digo, la integración de la economía en un biosistema, es lo que hacen autores como, por ejemplo, Charles A.S. Hall, David Pimentel, Mario Giampietro o Ugo Bardi y sus conclusiones son muy distintas de las de esos economistas que salen en la tele.»

Estos seis párrafos resumen de manera satisfactoria la argumentación que utilizaremos en un instante para deconstruir los sueños utópicos de Michael Moore. Entretanto, invitamos a los lectores a que se informen como es debido sobre el pico o cenit del petróleo en sitios web como Crisis EnergéticaThe Oil Drum ASPO. Asimismo, uno de nosotros está completando estos días la traducción del Crash Course de Chris Martenson, un curso económico-energético de 22 capítulos en vídeo, que en breve publicaremos en español en estas páginas. Pero a continuación, antes de iniciar el análisis de las opiniones de Moore, veamos en pocas palabras qué es y cómo funciona el capitalismo.

 Brevísima definición del capitalismo para los no iniciados

El capitalismo es el sistema de dominación de quienes detentan la propiedad del capital y de los medios de producción mientras que otros, asalariados, trabajan produciendo para ellos. Ese esfuerzo, ese trabajo ajeno, se convierte en una mercancía más dentro del sistema. Más que una forma específica de producir y distribuir mercancía, el capitalismo es un modo de producción en el que la organización del sistema económico y social garantiza la extracción de plusvalía y permite la acumulación continua y creciente de capital. Ese crecimiento es exponencial, ya que a mayor capital mayores beneficios, los cuales se van añadiendo al capital inicial. La plusvalía, concepto original de Karl Marx, es el valor que el trabajo no retribuido del obrero asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo, del cual se apropia gratuitamente el capitalista para hacerlo fructificar. La plusvalía expresa la esencia y la particularidad de la forma capitalista de explotación.

Las quimeras irrealizables de Michael Moore

Los trenes bala que menciona Moore en su artículo –en España se llama AVE (Alta Velocidad Española) y en Francia TGV (Train à Grande Vitesse)– no son ninguna solución de cara al futuro, sino más bien un despropósito. Considerado por pasajero o kilo y kilómetro recorrido, el tren bala es algo más económico en consumo de energía que el avión, pero no deja de pertenecer a un sistema económico, el capitalista, de muy alta movilidad y muy baja eficiencia energética. Se lamenta Moore de que Japón tenga muchos y ellos ninguno. Al parecer, nuestro cineasta quiere que su país llegue a ser Japón, esto es, que imite a los antiguos imitadores del capitalismo, que “compita” con ellos. Y se deslumbra con sus enormes velocidades y puntualidad, que son la quintaesencia de un sistema económico que no sabe a dónde va, pero quiere ir rápido y llegar a la hora señalada. En España, con un gobierno socialdemócrata que saca pecho por haber construido más kilómetros de líneas de alta velocidad que el de ningún otro país en los últimos años, se puede observar el uso que le damos a estos sistemas de transporte ultrarrápido: escasísima capacidad de carga y pasajeros de alto nivel económico, que se desplazan de Madrid a Sevilla o a Barcelona con maletín de ejecutivo y ordenador portátil, mientras millones de toneladas de mercancías vitales tienen que viajar por carretera en camiones privados… porque el capitalismo necesita autopistas y coches, muchos coches, para seguir funcionando.

Si consideramos que en diez o quince años el petróleo habrá entrado en crisis y, por falta de oro negro, el capitalismo habrá cesado de crecer, con el corolario de menos producción, menos trabajo, más desempleo y, probablemente, hambrunas por escasez alimentaria (un inciso: los cubanos saben mucho de esto, porque en el Período Especial tuvieron que reinventarse la agricultura en cuestión de meses cuando la URSS desapareció y dejó de enviarles petróleo)… si consideramos todo eso, ¿para qué servirían esos trenes bala que quiere Moore y ese hipotético viaje relámpago de Nueva York a Los Ángeles en 17 horas? ¿Tendría sentido una alta velocidad ferroviaria, cuyo único objetivo es contribuir al crecimiento vertiginoso de la plusvalía, en un sistema obligado a decrecer a causa de la escasez energética?

Segundo inciso: en el párrafo anterior hemos dicho que “en diez o quince años el petróleo habrá entrado en crisis…”. Pues bien, en la edición de 2009 del Statistical Review of World Energy, traducido al español en el sitio web Crisis Energética, British Petroleum señala “que las reservas de petróleo han disminuido respecto al año anterior por primera vez en una década. La caída, de tan solo un 0,2% deja en 1,258 billones de barriles de petróleo el volumen de reservas probadas […] Asimismo, el mayor consumidor del planeta, los EEUU, consumió en 2008 un 6,4 % menos. […] En su conjunto, el mundo consumió 84.455.000 barriles de petróleo diarios durante 2008, sólo un 0,6% menos que en 2007. Es una cantidad relativamente pequeña (una media de 423.000 barriles diarios durante 2008), pero datos más recientes de la Agencia Internacional de la Energía establecerían proyecciones de demanda para 2009 de unos 83,2 millones de barriles diarios.” [las cursivas son nuestras] Leamos entre líneas: en 2008 se consumieron en el mundo 84.455.000 de barriles, un 0,6 % menos que en 2007, y las proyecciones son que este año de 2009 se consumirán 83.200.000, es decir otro 1,49% menos, en total una disminución del 2,09 % en dos años del consumo de petróleo. ¿Será que ha empezado ya el pico del petróleo? Sigamos.

¿Y qué decir de los “vehículos limpios y eficientes en el uso de la energía” y de los coches “híbridos y eléctricos”? Se ve que Moore no ha profundizado en el asunto. ¿Los coches híbridos? Lean este artículoy verán. Al parecer nadie le dijo, y Moore no lo estudió, que esos coches son energéticamente inviables si se pretende utilizarlos para mantener en funcionamiento este sistema económico al mismo ritmo que durante la era del petróleo… pero sin petróleo.

El 75% de la energía que utiliza Usamérica es de origen fósil: según el Statistical Review of World Energy Full Report 2009, en 2008 consumió un total de 19.419.000 millones de barriles al día. De esos casi veinte millones, el 70 % se quema en todo tipo de transportes. Y si el petróleo sirve sobre todo para el transporte es a causa de su versatilidad y su poder energético. Ninguna otra energía es capaz de dar tanto con tan poca cantidad. Sin petróleo, se habrá terminado el transporte tal y como lo hemos conocido: la velocidad, las largas distancias sin repostar durante muchos centenares de kilómetros. Incluso desaparecerán los coches con motor de combustión (lo cual creará un problema adicional de qué hacer con tanta chatarra).

¿Acaso ha calculado Michael Moore cómo va a ser posible reemplazar el poder energético de esos 19 millones de barriles de petróleo cuando éste desaparezca? ¿Con qué cree que lo hará, con el 25% de energías secundarias? Repasemos, pues, ese 25%. A comenzar por la energía nuclear. Dice Chris Martenson que 15 millones de barriles diarios equivalen en poder energético a 750 centrales nucleares, lo cual es siete veces más de las que ya hay en ese país y casi el doble del número total de las que existen en el mundo. Sin duda 750 son muchas centrales nucleares, pero lo peor es que su energía no sirve para el transporte, que es la condición sine qua non del capitalismo mundializado, sino para la electricidad. Por otra parte, Carlos de Castro, profesor de Física Aplicada y de Ecología y Desarrollo, de la Universidad de Valladolid (citado en un artículo por uno de nosotros, PP), ha calculado que el equivalente energético que se necesitaría para cubrir el hueco dejado por la caída del flujo de petróleo mundial en la década más conflictiva (2010-2020) obligaría a la construcción de unas 4.000 centrales nucleares. Son, desde luego, muchas centrales, pero sigamos.

¿Y las células fotovoltaicas, los molinos eólicos, el carbón? Ninguna de esas fuentes energéticas es adaptable al transporte, la actividad económica básica del sistema capitalista. Esos tipos de energía sí servirán, desde luego, para un coche eléctrico en el que ir de excursión sin prisas al pueblo cercano. Pero nada de aviones, nada de trenes bala, nada de atravesar el continente en 17 horas. Nada de nada.

Y un último detalle, destinado a aquellos que apuestan o piden abrir debates sobre la energía nuclear: también ésta se acerca a su propio pico. Al uranio, por ejemplo, le queda un máximo de 40 años de producción… pero con las centrales actuales; si se construyen más, el pico llegará mucho antes. En siglo y medio hemos esquilmado de tal manera la naturaleza que ahora no nos queda más remedio que afrontar las consecuencias. 

Conclusión: ¿Se avecina el fin del capitalismo?

Con fin de la era del petróleo el mundo se verá obligado a decrecer, volverá a ser un lugar familiar, con distancias como las de antaño, mucho más pobre pero más humano. Porque la fiesta se acabó: es así como el profesor Richard Heinberg titula su muy recomendable libro dedicado a este asunto (The Party’s Over).

El capitalismo, cuya razón de ser es el crecimiento exponencial, sin límites, ha logrado sus gestas gracias al petróleo, pero sin él no podrá seguir existiendo, al menos en sus aspectos más demoníacos y planetarios, de sobra conocidos, que le exigen explotación masiva de los pueblos, guerras y destrucción medioambiental. Y todos esos cambios reductores van a suceder durante los próximos diez o quince años a causa del pico del petróleo. No habrá salida de esta crisis, por mucho que nuestros ministros de economía se empeñen en lanzar mensajes tranquilizadores para ganar tiempo. En nombre de la sociedad civilizada que supuestamente somos, más valdría que nos preparásemos a decrecer en orden y concierto. Pero el ejemplo de nuestros políticos profesionales no ofrece mucha esperanza: prefieren negarse a ver los gritos de alarma de la Tierra, ignorar las advertencias de los geólogos, pretender contra toda lógica racional que la crisis es sólo un tropiezo pasajero y proseguir su loca huida hacia adelante.

¿Será que los poderes vasallos –la Unión Europea entre ellos– están dando manotazos de asfixia? Quizá, pero no nos parece que las potencias capitalistas estén a la defensiva, por mucha angustia que les genere la debilitación de la simiente que les procura su bienestar, el petróleo. ¿Será esto que vivimos el principio del fin del capitalismo? Si anunciásemos su muerte en un contexto analítico como éste, basado en la organicidad del sistema, estaríamos quizá sucumbiendo a una reformulación de la teoría del derrumbe, que condujo a la izquierda revolucionaria de principios del siglo XX a cometer serios errores de táctica y estrategia. Frente a dicha teoría, según la cual “el desenvolvimiento del capitalismo, llevado hasta los límites teóricos de su desarrollo, desemboca necesariamente en su derrumbe económico automático”, nos asaltan incluso más incertidumbres que certezas.

El capitalismo está herido de muerte. Sin duda no es eterno, pero también existió antes del petróleo. La única diferencia es que hoy, por primera vez en la historia, se va a topar contra un muro insalvable: no existe patrón energético fuera de los hidrocarburos fósiles que le permita funcionar como lo viene haciendo bajo el dominio anglosajón. Su derrumbe, si es que llega, no sería ya por la tendencia descendente de la tasa de beneficios ni por las contradicciones que lo empujan a socavar su capacidad para extraer plusvalía, sino porque su propia dinámica depredadora destruye la savia energética que le da sustento. Volvamos al símil de la hemodinámica cardiovascular: al capitalismo dejará de latirle el corazón por pura caquexia, en principio ni siquiera será necesario ayudarlo un poquito con la lucha revolucionaria. Pero tampoco deseamos ser aquí la imagen especular de la candidez que muestra Michael Moore: lo más probable es que, llegado el momento, el Imperio muera matando. Ojalá no suceda.

Michael Moore no sabe de lo que habla cuando propone continuar el mismo modelo económico de siempre, pero ahora basado en unas energías alternativas que son incapaces de mantener el ritmo de trasporte del capitalismo, su alcance y su velocidad, pues se trata de sistemas no renovables que capturan parte de la energía de fuentes renovables –el viento, el sol, la biomasa–; las cuales, además, se distribuyen de forma muy natural, es decir, dispersa, tranquila, apacible, humana… no como esa otra energía concentrada y enloquecida que requiere el capitalismo (la plasmación material de ese feroz enloquecimiento energético es el avión de combate; también el bólido de carreras de Fórmula 1).

Reiteramos lo dicho al principio, Moore es un buen tipo y carece de maldad. Pero su ingenuo discurso es peligroso por el mero hecho de ser irrealizable. ¿Por qué hemos tratado de deconstruir aquí el contenido de su carta, si en el fondo él ni siquiera es nuestro adversario político? ¿Qué razón nos mueve? Hela aquí: Moore es también un famoso y sus textos alcanzan cifras de muchos miles de lecturas en sitios web alternativos como éste. Ahí está el peligro. Si nuestros políticos y economistas televisivos quieren seguir ocultando la verdad energética de esta crisis, si desean prolongar la borrachera de miles de millones de dinero inexistente, inyectados en un sistema que ya no tiene salvación, allá ellos. Pero la izquierda que leerá la carta de Moore es otra cosa y necesita conocer la opinión contraria para sacar sus propias conclusiones sin el intermediario alucinador de la fama. Es una izquierda generosa, dispuesta a tener menos y repartir más, mentalmente preparada para el mundo que se avecina. No se merece que la desorienten con quimeras. Aunque sean las de un tipo con buen corazón como Michael Moore.

Pedro Prieto es editor del sitio web www.crisisenergetica.org. Manuel Talens es miembro de www.rebelion.org www.tlaxcala.es. Los autores desean expresar su gratitud a Atenea Acevedo y Fernando Sánchez Cuadros por su impagable relectura de este artículo y sus certeras acotaciones.

Ilustraciones de Abbé Nozal, miembro de Tlaxcala.


3 comentarios leave one →
  1. ramiro olarte permalink
    30/06/2009 5:42 am

    uuuhhhh.escribi muy rapido y muy mal….
    CORRECIONES:
    quiero, no “queiro”
    “quiero decir dos cosaSSSSSS”
    ataque, no “atauqe”
    “subcoNNNNNscientemente”
    sigue, no “sugue”
    LOS ACENTOS OLVIDENSE PORQUE NO LOS USO…
    SALUDOS
    RAMIRO

  2. ramiro olarte permalink
    30/06/2009 5:37 am

    hola, es la primera vez que leo esta pagina y queiro decirles que esta muy buena en sus contenidos. sobre este punto particular quiero decir dos cosa. la primera es que yo creo (o quiero creer) analizando este parrafo en su totalidad y como un conjunto

    Así como hizo el presidente Roosevelt después del ataque a Pearl Harbor, Obama debe decir a la nación que estamos en guerra y que debemos convertir de inmediato nuestras fábricas de automóviles en instalaciones que construyan vehículos de transporte en masa y dispositivos de energía alternativa. En 1942, en Flint, en cuestión de meses GM detuvo toda la producción de autos y de inmediato usó las líneas de producción para construir aviones, tanques y ametralladoras. La conversión se realizó en un abrir y cerrar de ojos. Todo el mundo participó. Los fascistas fueron derrotados

    es que moore esta siendo ironico en su comentario y que conoce muy bien el complot que hubo detras del ataque a pearl harbor asi como tambien debe conocer el falso atauqe terrorista a las torres gemelas.

    Por otro lado, estoy totalmente de acuerdo con los otros temas citados por ustedes, y creo que el pobrecito de moore subcoscientemente se sugue resistiendo con teorias de salvacion al fin que se avecina, y queda claro en su deseo de ser mejor que los demas teniendo mas trenes y mas rapidos que nadie… no olvidemos que lamentablemente todos nosotros estamos criados y enseñados aca adentro y es muy dificil “romper el molde”, menos siendo yanqui…
    (o quizas esta siendo tan tan tan ironico que en realidad es un genio que no entendemos…)
    saludos desde argentina. Ramiro

    • ESTEBAN MEJIAS permalink
      30/06/2009 11:13 am

      Saludos, Ramiro y gracias

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