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Un vistazo a la huelga obrera en las Minas de cobre de Chuquicamata, Chile

05/01/2010

Los trabajadores del complejo minero estatal de Chuquicamata, que produce cerca del 4 por ciento del cobre mundial en el norte de Chile, iniciaron este lunes una huelga en demanda de mejoras salariales, presionando al alza el precio de metal, que alcanzó su mayor valor en 16 meses. La huelga presionó al alza al precio del cobre, que en sus transacciones en la Bolsa de Metales de Londres subió este lunes 1,6 por ciento en relación al pasado jueves, llegando a 3,38 dólares por libra, su mayor cotización en 16 meses.

Los problemas empezaron cuando Codelco dio a conocer sus cartas para la firma de un contrato colectivo para los próximos tres años, y los trabajadores no las aceptaron. El gobierno intentó mediar a través del Ministerio de Minería. Sin embargo, fue la propia Corporación del Cobre la que descartó esta posibilidad al plantear un cuestionamiento “ético” a la postura de los empleados, que rechazaron beneficios por un total de US$28.600 cuando el sueldo mínimo en Chile es de alrededor de US$313. Los trabajadores respondieron este lunes que están dispuestos a conversar, pero para ello piden un reajuste de un 4% anual y un bono de US$29.600. “Lamentamos profundamente esta situación. Hicimos todo lo posible para que se revirtiera, eso no fue factible, y creemos que esto no le hace bien al país”, señaló Michelle Bachelet.

Las causas

Pero, porqué un paro? Las respuestas debemos hallarlas en las condiciones de vida de estos trabajadores: Los mineros obreros, empleados, supervisores y colaboradores trabajan y viven en las condiciones del norte chileno: duro, gris y agreste, zona de precordillera, frios y calores extremos, exposición a los gases y polvos que generan la refinería, la fundición y concentradora, chancado y extracción. La silicosis ( destruccion de los pulmones a causa del silice de cobre) es un riesgo diario. La altura de  3000 y 4000 mts permite disponer sólo un 60% de oxígeno; las enfermedades del estómago, constantes, porque el trabajo en la mina cambia la fisiología y las dietas en chile no están adecuadas a ese trabajo.

También es muy común el déficit de sueño porque se resecan las mucosas por falta de humedad y muchos trabajadores sufren de frecuentes afecciones respiratorias. Se trabaja en condiciones de calor y frío extremas, con alta exposición a riesgos repiratorios, alta polución y altos riesgos físicos de caídas, derrumbes, traumatismos o golpes de corriente, entre otros. Un hombre en terreno trabaja a 25 grados bajo cero en Invierno por 8 horas y al término sus pies y manos apenas se pueden mover; sin embargo hay que manipular fierros y herramientas. Esa es la condición para acceder a los “bonos” o “privilegios” que tanto señalan las oligarquías chilenas como las ventajas de trabajar en esta mina.

Por ejemplo, Gustavo Lagos Cruz-Coke, Jefe del Centro de Minería de la Universidad Católicahace distinción con los trabajadores de la mina Radomiro Tomic, afirmando que tiene 3 o 4 veces mayor productividad que Codelco Norte, y que necesita sólo 700 trabajadores. Sobre la base de esto, habla de una sobredotación del personal en Codelco, con una productividad menor a las otras minas chilenas, pero con un sueldo notablemente mayor. También detalla los beneficios, en entre los que está la salud gratuita para los trabajadores y sus familias, las becas para los hijos y el tiempo de vacaciones. O sea, que tener la salud cubierta ( lo cual es bastante curioso, si se toma en cuenta que a los trabajadores le deducen el 7% de su salario para pagar este tópico;), becas para los hijos y vacaciones hacen de estos trabajadores unos reyes en la sociedad chilena, sobrepagados. Por tanto, la opinión de este tecnócrata es sugerir que los despidan, a ver si mejora la cosa.

La problemática sigue en una sociedad chilena que mira con malos ojos las exigencias de los trabajadores en plena campaña política. Es interesante analizar la opinión de Cristian Cuevas: “hay que quitarle dramatismo a una negociación de carácter reglada en el marco de la institucionalidad laboral de nuestro país. (…) El bono es hoy día; suena seductor, pero lo que hay que ver es el contenido y qué significa recibir ese bono, y yo le digo que los trabajadores han visto que a través de esa misma entrega de bono van perdiendo beneficios sociales inherentes, adquiridos por años, en forma de cálculo de beneficios y también de otros incentivos. Entonces, claro, el debate nacional gira entorno al bono millonario, que sin duda para cualquier trabajador que no tiene nada y que no tiene derechos elementales en nuestro país, suena un poco violento. Pero esas son las formas que lamentablemente se han impuesto como formas de negociación en nuestro país. Nosotros tenemos que avanzar hacia una forma distinta de negociación colectiva y también tenemos que mirar que en el caso de la industria privada se puede pagar esos bonos, mejorar significativamente las remuneraciones y los beneficios sociales de  los trabajadores de planta, pero también observar la situación que viven miles de trabajadores contratistas, tanto en la industria estatal como en la industria privada del cobre.”

Del otro lado del camino (o de la mina), encontramos posiciones como las de Ozren Agnic Krstulovic , Ingeniero Comercial y Escritor que no comparte la idea de un incremento salarial: “El país contempla, con estupor, las desmesuradas demandas salariales que ponen en riesgo el desarrollo de sus connacionales y del país todo. Se aprecia que nada les importan los programas de beneficio social impulsados por la presidenta Bachelet y la carencia de recursos en nuestro pequeño país para que esa protección social pueda ser extendida a todos los chilenos.” y sigue….”Según datos de la Superintendencia de Pensiones, el salario promedio neto de los trabajadores de Chuquicamata es de $ 1.200.000, muy por encima del salario de un trabajador industrial, campesino o de servicios públicos; El sueldo mínimo vigente en Chile para el año 2009 es de $ 165.000. El 40% de la población más pobre del país gana apenas $ 120.000 y los jubilados de la tercera edad, con familias que mantener e ingentes gastos en salud, viven a duras penas con pensiones mínimas de $ 81.300 a un máximo de $ 122.450, seres humanos que deben apreciar con legítima indignación los $ 15 millones reclamados por estos nuevos aristócratas de sangre color cobrizo, valor que ellos jamás verán.”

La historia de una mina voraz

Chuquicamata es la mina de cobre más grande del mundo, la única que se ve desde el espacio, y además la principal fuente de riqueza de los chilenos. El lugar trabaja 365 días al año, produce 5 mil toneladas de cobre puro al día, consume 500 megavatios cada hora y origina 9 mil dólares por minuto. Para hacer esa labor, la mina utiliza 2,200 litros de agua cada segundo, acoge a 8 mil trabajadores y a otros 13 mil colaboradores, agrupados en seis sindicatos distintos, tiene 4,300 metros de largo, 3 mil de ancho y 750 de profundidad. Los primeros dueños de Chuquicamata fueron los hermanos Guggenheim, que crearon la Chile Exploration Comapany para extraer el “oro rojo” del desierto de Atacama. En 1923, los Guggenheim se retiraron y vendieron el negocio a otra empresa estadounidense, la Anaconda Cooper Mining Company. A partir de 1966 comienza el proceso que se conoce como la “chilenización del cobre”, que finalizará en los años setenta con la nacionalización de este esencial recurso de la economía chilena. En 1976, ya durante el gobierno militar, se crea la Corporación Nacional del Cobre, CODELCO, que hoy funciona como una empresa del Estado. Cuando el mercado del cobre volvió a abrirse, CODELCO se quedó con la mina de Chuquicamta. Hoy, la estatal comercia el 30% del cobre que produce el país. El resto corresponde a compañías privadas.

Alrededor de la mina, los estadounidenses edificaron un campamento que llegó a convertirse en una ciudad. Durante años, Chuquicamata fue más que un yacimiento de cobre. Fue el hogar en el que se criaron generaciones de mineros. A pequeña escala, Chuquicamata reproducía de manera artificial el mundo real que existía más allá de la puerta de entrada a la mina. Una barrera que los que vivían en “Chuqui” no necesitaban atravesar.

 En el campamento de Chuquicamata había de todo. Y todo seguía los esquemas estadounidenses. La escuela de Chuquicamata, en la que se educaban los hijos de los mineros, era mucho mejor que los colegios de las ciudades cercanas. El hospital de Chuquicamata atendía a los obreros con mejores prestaciones que la mayoría de las clínicas circundantes. Iglesia católica, centro mormón. Teatro, clubes, estadio. Tiendas y plaza central. Cementerio. El mundo cabía dentro de una mina de cobre.  También Chuquicamata reflejaba las diferencias de clase de la vida ordinaria. Las casas de los obreros eran más pequeñas que las de los empleados y tenían un solo baño compartido. Los empleados podían disfrutar de un jardín, pero sus “adosados” no eran comparables a las villas de los directivos. En los clubes de la gerencia no se permitía entrar al obrero, y en las tiendas para mineros no se vendían los mismos productos que en las que atendían a los jefes. Esta historia de segregación es la que ha definido el curso de la historia para las transnacionales que explotan recursos naturales en Latinoamérica: han creado una falsa ilusión de buena remuneración a sus trabajadores y de buen trato. La verdad es que las compañías siguen políticas de relaciones públicas que estudian el mercado local, adecúan los sueldos de los trabajadores por encima del promedio, les brindan protección y servicios sociales básicos y con eso aseguran a un empleado “feliz” y convencido de que debe “cuidar ” su trabajo, además de una imagen pública de empresa responsable socialmente y preocupada por sus trabajadores.

Sin embargo, la historia de esta mina es conocida desde la época precolombina. Una de aquellas leyendas es la de aquel indígena atacameño que tuvo la oportunidad de cazar al Dios de los metales (un cóndor de oro) y pudo obtener grandes riquezas. Partió tras la divinidad, la enfrentó y la derrotó. Al verse vencido por un simple mortal, el cóndor de oro dio a elegir como premio una entre tres minas, de oro las dos primeras y de cobre la tercera.El indígena pensó que si escogía una de las dos primeras sería egoísta. Si se quedaba con la de cobre, ayudaría a su pueblo. La sabia respuesta fue alabada y aquel Dios pidió al indígena que lanzara tan fuerte como pudiera su “Chuqui”(lanza) y viera que “Camata” (distancia) podría recorrer. La leyenda dice que esa distancia constituye el tamaño final del hoy gigantesco yacimiento.  El término “Chuquicamata” también parece provenir de la tribu de montañeses conocidos como “Chucos” y que habitaban el norte de Calama antes de la conquista española. En aquellos tiempos se nombraban los lugares según las tribus que los habitaban. Así, el nombre de Chuquicamata se derivaría del aymará según lo siguiente: Chuqui, tribu de indios chucos; Camata, el límite. Estos descubrieron el metal rojo, trabajaban las minas y se dedicaban a la metalurgia, al menos durante la última época preincaica, produciendo bronce y cobre tan duro como el aceroPero como explica Patricio Huerta, gerente de comunicaciones de Codelco Norte, “se desconoce cómo los indígenas utilizaban el cobre porque se necesitan 1,080 grados para fundir este mineral”. 

“La fiebre del Oro Rojo” registrada durante tres décadas entre 1882 y 1915, tras los buenos augurios del profesor de química y minerealogía Ignacio Domeyko y que originaron la instalación de la primera mina, bautizada Zaragoza, sobre el hoy histórico filón denominado “Mina Vieja” fué el primer augurio de lo que vendría en manos de la cultura occidental. Empresarios y acaudalados de la época comenzaron a comprar las pertenencias de la zona y ya en 1890 estas alcanzaban a casi cuatrocientas. Chuquicamata creció rápidamente, surgió el robo y el asalto y se debilitaron la ley y el orden. No había agua ni higiene, surgieron las enfermedades y la mortandad derivada de la carencia de atención médica,  junto con las plagas y las desventuras de todo tipo. Así, varias familias explotaron esta mina hasta convertir a Chile en el primer productor y exportador mundial del siglo XIX. “En 1899 había 34 familias distintas explotando la misma mina, pero era tan grande que no se habían dado cuenta”, explica Huerta. Pero a finales del siglo XIX vino un período de decadencia. El salitre empezó a acaparar todas las inversiones y los yacimientos de cobre de alta concentración comenzaron a agotarse. Por ello, a comienzos del siglo XX los grandes consorcios internacionales, dotados de la tecnología necesaria para obtener cobre aún cuando estuviera presente en bajas concentraciones, se trasladaron al país andino.

La explotación capitalista en una mina inagotable

Como explica Huerta, “los trabajadores de Chuquicamata originan entre 8 mil y 10 mil dólares al minuto, por lo que la mina no puede parar de funcionar. Si para, afecta directamente a la economía nacional”. Pero para Huerta, la negativa de la empresa Codelco a aceptar la oferta sindical es enteramente justificable, y así lo describe: “El transporte de este material se hace fundamentalmente en camiones de 330 toneladas de capacidad. Estos camiones miden más de cuatro metros de altura y consumen cinco mil litros de petróleo al día., es decir, tienen un rendimiento de 3.4 litros por minuto. Pero el combustible no es lo más costoso”…. “Cada neumático de estos camiones cuesta 22 mil dólares y duran entre cuatro y seis meses”, cuenta Huerta. Con lo que cambiar los cuatro neumáticos de los 85 camiones de Chuquicamata, “es mucha plata”, explica. En 90 años de vida industrial, Chuquicamata sólo ha ofrecido un tercio de su capacidad. “Hemos llegado a los 1,400 metros y sigue habiendo cobre”, relata sorprendido Huerta.

Mientras tanto, Codelco busca estrategias para reducir a los trabajadores y a sus sindicatos: Nuevos modelos de negocios en sus proyectos: Menores dotaciones, jornadas más extensas y mayores estímulos asociados a la gestión son algunos cambios.  La falta de flexibilidad de horarios y las amenazas periódicas de huelga podrían no sólo elevar los costos, sino poner en jaque el desarrollo de los nuevos proyectos que la estatal Codelco tiene en carpeta. Por eso, en Codelco se analiza la aplicación de un modelo de negocio más moderno para los dos proyectos más inmediatos: la mina Chuquicamata subterránea y la mina Ministro Hales, explica un alto funcionario de la estatal.

El modelo a seguir se basa en la experiencia de lo aplicado en Radomiro Tomic y Gabriela Mistral. Estas dos minas tienen algo en común: las dos funcionan con modelos laborales totalmente diferentes al de las operaciones más antiguas, léase Chuquicamata, El Teniente o Andina. En Radomiro Tomic y Minera Gaby, los sindicatos tienen menos poder, la dotación es la justa y necesaria y los trabajadores tienen flexibilidad para llegar a “acuerdos” con la empresaPrueba de ello fue lo ocurrido a comienzos de año, cuando Codelco intentó -sin éxito en casi todas sus divisiones- cambiar las jornadas laborales de 8 horas diarias a 12 horas compensadas con más vacaciones, para reducir los turnos diarios de tres a dos; pero los sindicatos se opusieron. Sin embargo, en Gaby operan así desde un comienzo, generando ahorros a la empresa en aspectos como el transporte.

Minera Gaby, si bien es una empresa de Codelco y por ende de propiedad estatal, opera bajo el esquema de sociedad anónima, lo que le da cierta independencia para su funcionamiento. De hecho, los contratos con sus trabajadores están hechos a través de Minera Gaby S.A. y no de Codelco. También hay diferencias respecto de la dotación. Con poco más de 300 trabajadores propios, Minera Gaby S.A. produce 150 mil toneladas de cobre anuales con una ley de cobre de 0,4%. Chuquicamata se acerca a las 400 mil toneladas, con una ley cercana al 0,8%, pero con más de 5.500 trabajadores propios. Los esquemas a aplicar en los nuevos proyectos se ajustan a los requerimientos que tiene la cuprera y se asemejan mucho más al de las mineras privadas. “Chuquicamata subterránea, por ejemplo, partirá de cero, bajo ese esquema, y también lo hará la mina Ministro Hales, porque no podemos seguir funcionando bajo el esquema actual”, señala la fuente

Así, tras detectar que existen aún recursos explotables de alrededor de 1,500 millones de toneladas de mineral, se ha decidido invertir 500 millones de dólares para la transición del yacimiento, es decir, convertir a Chuquicamata en una mina subterránea, en lugar de a cielo abierto. Aunque el proyecto que según los expertos, aumentará la productividad y reducirá el costo de extracción, es para 2014.  “Ya estamos construyendo los túneles de explotación”, precisa Huerta. Además, debido a esta expansión de la mina, el campamento de Chuquicamata, donde tradicionalmente han vivido los mineros, se ha traslado a la cercana ciudad de Calama, por lo que hoy, al pasear por las calles desérticas de esta mina, sólo podemos evocar su historia por las abandonadas viviendas, escuelas, comercios y hasta un hospital que un día tuvieron vida. Pero para el gran capital, el hombre es una mercancía; transitoria, perecedera, intercambiable. Chuqui sigue creciendo, y más hombres siguen horadando en sus entrañas, conociendo a la muerte dentro de sus túneles mientras las empresas norteamericanas seguirán engordando sus cuentas; una historia más dentro de nuestra américa…

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