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Crónicas lisérgicas. (1)

28/12/2012

“Siento un olor a perfume / veo una luz en un túnel / un fuego que me consume / se empezaba a ver atrás”.

Canserbero, 2012.

 

El trozo de papel estaba impreso con una bicicleta, amarillo y verde en una especie de postal retro. Dentro del vehículo, que subía a toda velocidad por la montaña de San Antonio lucía tan inofensivo como la luz del sol rebotando en la maleza. “Es una prueba, una prueba más de todas las que hemos superado” me decía Antonio, el conductor. Sin cejar en el intento de doblar a la velocidad, el mitsubishi gris se adhería lastimosamente a las curvas, chillando en el intento de llevar su carga  equilibrada. El mediodía exigía refrescar la garganta. Al menos, para hacer aletear la sensación de fatalidad que apestaba dentro del carro.

Si los impresionistas vivieran, al ver la luz reflejando todos los matices entre el verde y el marrón, al ver la velocidad y sus truculencias perceptivas. Me encontré pensando en un Moanet tropical, sonaba Canserbero en la radio, y tenía la plena seguridad de que iba a morir en esa autopista. Algo en mí lo estaba llamando, como un espíritu llama al vampiro. De pronto, llegó.

Una montaña sobre montañas, que se mueven a un compás tan viejo como el tambor. Ritmo melodioso, que hace nacer los ríos. Si lo miras bien, las cordilleras de las montañas son las arrugas de la tierra. Entendí que era una confabulación de todo lo que me rodeaba para hacerme entender que no estaba solo. A mi lado, un periódico arrugado gritaba, en primera plana: HOY SACARÉ LA LUNA PARA ALUMBRARTE EL CAMINO.

El horizonte tenía dos tonos fundamentales. Amarillo, y negro. Sólo basta un leve movimiento de cabeza para pasar de la noche al día. Una voz morena me dice que aquella estrella es Titus. Le explico que no sabría diferenciar una estrella de un copo de helado. Miro mi pecho, y llevo un tatuaje del sistema solar. La voz (que es una mano de cristal) toca un planeta y dice: “Allí morimos la primera vez”.

En los ojos de la vendedora de cigarrillos, leo que me vé como a una foto. El nombre de este juego es entender.

La vida debería tener la indulgencia de colocar una pantalla marrón overlay a la vista. El agua en la cara me saca del espejo, en un cuarto azul con poesía de negro. Eran borrosos, dinámicos, blancos, espectrales pero sólidos. Me tomaron del brazo y me arrastraron por el túnel. Atrás, dejé el olor a perfume. Alguien me esperaba. Afuera, en la ventana sonaban cornetas y gritos. Vidrios quemados.

Un piso con varios pisos en sí. Mármol y líneas, nada decoraba las funciones orgánicas de la estructura. Una luz verdosa dentro de los rieles de aluminio. Más un hospital, un centro de traducción y tratamiento. Una mesa. Un anciano con barba y camisa de saco gris. Una mirada inquisidora. Un temblor.

Del mármol y sus huecos ojos de pupila roja.

La mesa de ministerio una columna dórica, a su vez un par de serpientes blancas, a su vez una casa de putas, un pararrayos.

Él no conversaba. Miraba, y sonaba. Verlo era como ver en movimiento a Saturno comiéndose a sus hijos.

Y todo desintegrándose, todo a punto de explotar. Todo era una sábana ondeada al viento. Todo eran las rajas de los espacios que dejaban pasar el petróleo, el olor a descompuesto.

Me arrastraban, pero mis piernas nadaban en la playa a la que fuí con mis padres, en mi edad temprana. Dejaba surcos que ayudaría a construir las pirámides. Algo no quería conversar con el anciano.

Salud! gritamos todos ante la parrilla de carne y salchichas. Era la Colonia Tovar, espléndida con su frío y sus cervezas cálidas. Pero el anciano no se iba, estaba en la otra mesa con chaqueta de tweed, pantalón marrón de pana, periódico abierto en crucigramas que formaban la frase ESO NO ES REAL. ENTIÉNDELO.

Continuará.

 

 

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