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El fin último

26/09/2013

A dónde vamos?. La inevitable pregunta que nos hacemos todos los días.
Ante unas elecciones, encuentro coincidencias en las personas que conozco. Desilusión. Por doquier, la creencia en la posibilidad de la revolución bolivariana de cambiar la vida. Porque es la vida misma entendida como la totalidad de la experiencia consciente. Esa misma desilusión que es natural a cualquier sistema político en ejercicio. Es innata a la apreciación de la realidad de todos. Ojos cansados con miradas esquivas. Comentarios entrecortados. Risa fácil. Desprecio.
Parte del  pueblo venezolano ha adoptado al socialismo como modo de vida. Es decir, para algunos los logros son “deber” del gobierno. En todo caso, no habría que enzalsarlo, ni honrarlo. Son deberes, que están asegurados y consolidados en cada gota de petróleo, cada bolívar por impuesto. Por tanto, disfrutan sin rubor las facilidades que en Revolución nacieron, y sin complejos, votan por Capriles. Así. Es el socialismo que les convence, el que mejora la calidad de vida pero no es impertinente, porque la caga. El socialismo que les ofrece oportunidades insólitas (al menos, cuando yo era joven eran impensables), pero que no es chaborro. Ese socialismo sin estridencias, ese gobierno inexistente que modela su burbuja, le mantiene las calles limpias, no cobra impuestos, les protege del hampa y les monta conciertos gratis. Un socialismo abierto, con dólares abiertos, mente abierta, chequera abierta e imagen cerrada. Sin gente fea, a menos que sean obreros. Así sí. Que hay pobres? De bola. Con tal de que no pasen los márgenes de la burbuja todo bien. Que se mantengan sus misiones y sus peos. Total, hay dinero suficiente debajo del suelo. Limpias las playas, la ciudad y el aeropuerto.
A eso se reduce el ejercicio de la política de estos ciudadanos. Se han desilusionado porque esto, no pasa. La derecha se los promete, sin embargo no gana elecciones. Una especie de pacto no dicho. Reconocemos los logros revolucionarios y estamos en capacidad de mantenerlos. La vaina es que nadie les cree. Ni ellos mismos lo creen. Apoyan a ultranza un discurso vacío, soñando una ciudad dividida en murallas. Fortalezas de gente “educada”, profesional, decente, blanca o morena clara, con tarjeta de crédito y carro y título y caché.

Pero los desilusionados a veces, son de este bando. Están los que son revolucionarios, rojos, radicales,  con chaquetas rojas. Pero roban. Son emisarios de la trácala, verdaderos cid del arribismo, magos del lobby. Están desilusionados por naturaleza. Han perdido la fé en aquello que los filósofos denominan ética. Incluso, en la propia humanidad, en el concepto de estado, en los valores. Esos valores, cuando somos niños, los básicos. Esos mismos valores que afloran con la consciencia de la finitud. Están perdidos en el magma de la avaricia, con el alma sometida al deseo de acumulación. El lujo y lo exclusivo atizan su ser con el rótulo de “la buena vida” ocultando sus pecados (si es que algo como eso existe).. Y cómo olvidar a nuestros desilusionados más interesantes? a aquellos que el proceso ha desbancado, a los que aspiran cargos y prebendas, a los que la dinámica ha marginado y ante los demás, baten al viento su perspectiva de clase y su amor por Chávez. Pero a lo interno, les remuerde cada día la envidia porque en ellos se encuentra el germen del egoísmo. Sí, nuestros desilusionados también quieren la buena vida aunque no puedan tenerla. Son ellos los indicados para señalar a los funcionarios públicos, generar intrigas, vivir de reposos, hablar mal de las instituciones. Ah! pero eso es también hacer revolución, no lo sabías?

Por último, los desilusionados navegan la marea de la actualidad con la misma indolencia del condenado a muerte. La inmediatez de la existencia es una cortina de vida. Lo propio y lo particular como meta. Los verás ayudando al prójimo, levantándose temprano para ir al trabajo. Sonrisas, quizás. Pero están enterrados en un ataúd, que es a su vez el envoltorio de la vida diaria. Ese transcurrir de las dificultades que absorbe, saca canas y manda para la casa cualquier intención.

Yo tengo un fin último. Tengo una versión de la ética que me permite cenar cómodo con mi conciencia. Se basa en el trabajo. Diario, sostenido, hasta que el cuerpo aguante. Se trata de hacer el bien, de esforzarse por cambiar a cada instante.  De pensar en los demás como en nuestra familia mientras le damos músculo a la Revolución bolivariana. Porque paso de los errores, vale. Condeno lo que encuentro deplorable, y si en mis manos está hacer algo para apoyar lo que afirmo lo haré. Pero eso no me detiene porque he aprendido que eso no detuvo a Chávez. Por tanto, soy soldado de mis creencias, y la meta es cambiar al mundo. Al menos, a mi país. Esa es mi militancia. La honestidad, el empuje, la rabia del pueblo. Esa es mi iglesia, y mi rezo. Mi fin último.

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