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Crónicas de un golpe suave VII. Odio 2.0.

23/02/2014

Por Orlando Romero Harrington.

“Rabia que me habitas. Ahora, ahorita, fuera de mí, fuera de aquí”.

Hablar de odio en Venezuela parece retórica. Se siente, se huele en los espacios que una vez fueron recinto de golpistas, escenario de asesinatos y hoy son campo abierto para más asesinatos. Esta vez, con técnicas más medievales. La Revolución Bolivariana habla de paz, empecinada en torcer el destino de un caudal que comienza en Washington. Abajo, en el subsuelo, las aguas turbias se entremezclan, se repelen, se atomizan. El rencor del pueblo está ahí, expectante.

Y si hay odio fascista, hay odio revolucionario? Claro que sí. Es la misma sensación de desesperación,  de necesidad de enfrentamiento, de exigencia de justicia en la destrucción del otro. Hablemos claramente. Son 15 años de envenenamiento sostenido, por las transnacionales de la comunicación y sus filiales locales para sembrar resortes emocionales, en el sector de la derecha y sembrar terror, en las filas revolucionarias. Desde aquel burdo montaje con un imitador de Chávez gritando “vamos a freír las cabezas de los adecos” hasta la transmisión que recibió un premio Príncipe de Asturias un fatídico 11 de abril y que resultó tergiversada y falsa. Son 15 años de mentiras, falacias, amenazas, insultos y muertos. La vieja receta de xenofobia, racismo y “superioridad de clase” que aterrizó en estas tierras con la llegada de los españoles. El mismo punto que maniató a los esclavos. La rotonda batidera de shampoo de la burguesía en nuestro rostro. Claro que hay odio. Hay un odio ancestral, genético. Ese sentimiento que nubla lo correcto, que se asoma en las familias de los asesinados por las turbas de “la sociedad civil” cuando Henrique Capriles perdió, de nuevo, las elecciones y los mandó “a descargar la arrechera” contra todo lo que huela a pobre, mestizo, rojo.

Y qué es ese odio hoy, dentro de la Revolución Bolivariana? En qué se ha convertido, a dónde fue a parar? Todo se transforma, dice Drexler.

Yo se los diré. Ha mutado en miedo.

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Nos hemos contentado con servir la cena, ver la televisión por cable e irnos a la cama. Nos parecen tan lejanas aquellas épocas de confrontación, tan irrelevante la diatriba política, tan exóticas las manifestaciones del fascismo que hoy ataca de nuevo, más organizado, con más fondos desde la USAID y la NED, más asesino. Nuestro pueblo se enfoca en vivir mejor, en sembrar oportunidades, en florecer dentro de las tierras fecundas del socialismo. Nuestras disertaciones abarcan el planeta entero, nuestras tertulias tocan la necesidad de cooperar. Lo que antes era antro de conversaciones sobre televisión y deporte, sobre aquello que gritan las vitrinas y que se sabe inalcanzable, ahora es nueva vida. Ahora, el tema es la construcción del socialismo, en mi gente. Por ende, suena lógico y certero hablar de paz y de concordia, aunque basten los alaridos de un político para despertar de nuevo a las bestias de la guerra.

Hoy, hay miedo. Miedo a la mala fortuna de toparse con una quema de objetos en plena vía y morir en ella, miedo a rebanarse el cuello con una guaya inserta por estos “estudiantes pacíficos” que tantas estrellas del putrefacto sistema yankee alaban y protegen. Miedo a ser asesinado, señores. Miedo a usar una franela roja y ser pateado en cualquier rincón de la ciudad por una banda de niños de papá y mamá. Miedo a su poder económico que los pondrá en la calle de nuevo.  Y esto, querido lector que me has acompañado hasta aquí, se llama en mi pueblo Terror. Terrorismo.

Y de ser cierta esta hipótesis, vivimos en terrorismo. Hoy, un toque de queda no formal pero tácito asola las calles de zonas pudientes de Caracas. Pero lo más importante, es saber que ese miedo, ese terrorismo, esa desestabilización que sufre el pueblo venezolano ante este intento de derrocar al gobierno revolucionario no es nada, es minúsculo comparado con el terror exponencial que sufren esos mismos habitantes de Chacao, Baruta, Sucre. Esos ciudadanos que ven, noche a noche, como sus hábitats son destruídos, sus calles bloqueadas, su sueño interrumpido. Esos habitantes de este país llamado Venezuela que despiertan con cadáveres en el piso, con rastros de gasolina y perico en sus escaleras, en sus jardines. Miedo a las represalias no del Gobierno, porque esta estrategia oscura que maneja el imperialismo se nutre precisamente de la cobertura mediática a la actuación de los órganos de seguridad. Viven con miedo, ellos y sus “estudiantes libertadores” de la rabia del pueblo.

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Odio? Claro. En una espiral vertiginosa pero subterránea. Esta oposición de tinte totalitaria que ya dio un zarpazo en el 2002, y que pretende mediante la vía del desgaste llegar de nuevo a Miraflores encuentra en el sabotaje (electricidad, transporte), en la guerra económica (desabastecimiento, usura, contrabando), en la desestabilización (guarimbas, asesinatos) y en la guerra psicológica (amenazas, matrices de opinión falsas) destila odio en todas sus manifestaciones. Porque este odio quizás no objetivize en el chavismo su diana; el odio de la derecha venezolana es contra la noción de patria de la Revolución Bolivariana. Odian el sistema, aborrecen la solidaridad, detestan la igualdad por pensar que es imposible; todavía, en pleno siglo 21 hay gente que afirma que somos diferentes. Piense por un momento cuáles son los argumentos conceptuales con que el fascismo defiende su ataque inconstitucional: desabastecimiento (provocado por sus empresarios, sumados a la guerra económica). Inseguridad (porque desde el gobierno, se ampara y se promueve contra ellos) y elecciones manipuladas (pero cuando ganan gobernaciones y alcaldías, obviamente son válidas).

Pero, hoy tenemos redes sociales. Una potenciación de la vida real, en donde efectivamente Henrique Capriles, se puede descargar la arrechera. Estoy habituado a las manifestaciones de odio, irracionales, bárbaras en este campo. Lo mismo podría decirse de colegas que hacen vida en la televisión, funcionarios públicos, artistas, reporteros, anclas, investigadores. Soportamos a diario amenazas, insultos, intentos de exhibir nuestra vida privada, nuestras familias. Aquí y en la calle, nuestra vida se relegó a mantener la calma, a ignorar y a prevenir. En nuestra propia patria, en nuestro país, hay sectores de la población que practican un odio repulsivo por ser anónimo, cobarde, pueril. Mi madre, la vieja Zonia me enseñó desde pequeño a dar la cara por mis acciones. Me enseñó la justicia, la hombría de manifestarme y pelear por mis ideales en la batalla de las ideas pero también, en el asfalto. Intuyo que a mis compañeros, también. Esa fuerza, esa convicción de estar haciendo lo correcto es lo que me inspira porque es también fuego sagrado.

Mientras operadores y mercenarios con máscaras de gas y capuchas sesgan las vidas de inocentes, llenan de muerte todo lo que tocan y manifiestan su visceralidad en las calles, en las redes sociales hay otra guerra. La guerra que manejará la opinión pública, y en ella vale todo. Con la doble moral, acomodaticia y cortesana que los caracteriza nos satanizan por decir la verdad, sin ambages ni florituras pero sacralizan la reacción. La intención es siempre, objetivizar el odio, buscar dianas simbólicas, darle rostro al enemigo. Y así los opinadores de oficio, asalariados muchos políticos otros entran en el juego. De esta manera, agitadores y operadores canalizan el fascismo que es realmente, órdenes de escoñetar al otro. Mi indignación no tiene límites. Nuestra indignación, no parará. Todo lo contrario, se acrecentará. Porque hasta que no comprendamos que estamos en gobierno, y que permitir que a nuestro pueblo se le subyugue reiteradamente es una bofetada a la paz. Porque la realidad es aquí, donde el concreto se raya amarillo y allí, enfrentamos odio diariamente. Y estamos hartos. Cansados de aquellos que instigan, saquean, corrompen, ordenan, matan a teledistancia, con residencias que los esperan fuera del país mientras la clase media antichavista y el pueblo chavista ponen los muertos.

Viniendo del funeral de La Guajira, la madre de mi hermana Llanfrancis Colina, comprendí que esa muerte iba a cambiar para siempre mi visión de este proceso. En él, a estas horas nos jugamos el destino de la República; nada, en ningún lado en donde se han rotos los hilos legales por intervenciones imperiales ha resultado bien. Egipto, Túnez, Irak,  Libia, Siria, Ucrania, por nombrar algunos no conocen la paz ni la estabilidad. Son naciones desechas, sin identidad, sumergidas en la vorágine de las guerras internas; pero eso sí: mandando recursos de manera creciente a Estados Unidos. Para la derecha, eso no es importante. De lograr su objetivo, negociarán, estafarán, venderán su patria y su pueblo para irse de aquí. Aquellos que se queden, disfrutarán viéndonos perseguidos, aniquilados. Ya lo han hecho, y les quedó el sabor amargo en la boca por la derrota.

Temo que a la “sociedad civil” le baste con incendiar el país, tumbar a Maduro y convocar unas elecciones figurativas, para colocar en el poder al títere de Washington y convertirnos en Honduras. Quizás pierdan de vista y de nuevo, subestimen a este pueblo. Porque de guerrilla, sabemos nosotros. Tenemos siglos en eso. Nuestra guerrilla es por sobrevivir a un sistema de mierda que nos transforma en esclavos de 8 a 4 y nos obliga a nombrarnos libres. Nuestra guerrilla es lograr que nuestros hijos crezcan sanos y amorosos en ambientes hostiles. Nuestra guerra, finalmente es no dejarnos invisibilizar por una visión del mundo en donde el capitalismo y su maldita explotación del hombre por el hombre nos plantea quemas y asedios, asesinatos e insultos.

Hemos firmado, desde la aparición de Chávez un tratado de paz. Uno de nosotros entendió que sólo de esa manera podríamos convivir y apuntar a una nueva patria. Y nos responden con degollamientos, con palizas, con odio. Hemos apostado a la construcción colectiva, al rescate de los espacios públicos, a una nueva policía, a campañas de paz, a educación, trabajo, alimento, vivienda, recreación. Y recibimos destrozos, quemas, saqueos. Hablamos con respeto, y recibimos amenazas e insultos.

La historia no olvida, porque de hacerlo no se repetiría. Pero, todo se transforma. Mi eterno orgullo y reconocimiento al pueblo valiente y estoico chavista. A veces, pienso que es el pueblo quien poseía a Chávez, y hablaba por sus labios. Sabio y paciente, lo calificó Alí Primera. Por todos los caídos, los ofendidos, los que han perdido todo. Por ellos y con ellos, mi suerte quiero echar.

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