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Los llaman Mawuari. Amazonia y sus encantados.

02/06/2014

Mawuari, po Orlando Romero Harrington 2014.

 

Vamos a apagar la vaina y ponernos a escribir-.

Así va: Los llaman Mawuari. Cuando vengas caminando por la selva amazónica que adorna la piel de San Carlos de Río Negro, con tu amigo, un conocido, mosca compai. Entre paso y paso, con los ojos rondando por el camino sin luz, con todo sonando a tu alrededor, toda vaina, pitos, silbidos, croares, pasos, chancletas, deslizamientos, hierba mojada, a lo lejos el río, los gritos de los carajitos a lo lejos, un gallo por ahí vuelto loco periqueao llamando a sus compas de la casa de al lado. Toda vaina suena y si le quitas la vista al hermano que tienes al lado mosca. Súbele la camisa de una, y si no tiene ombligo oblígate a despertar. Palmea, salta, date coñazos en la cabeza. Ese no es tu pana. Te están “cargando“, te llevan en brazos por la selva.Te arrastran, a veces te toman por los hombros cuando te caes. Otros le dicen encantos. Mujer, si eres hombre. Hombre mayor, si eres mujer. A Silvino, que vive 20 casas más allá se lo llevaron. El cuenta que una mujer se le acercó cuando se acercaba a la orilla de Morrocoy, cerca de un caño. Dice que lo cargaban, que lo llevaron a una ciudad debajo del Río Negro con automóviles y todo. Dice que son altos, con cabellos largos. Vestidos de blanco los veía mi mamá en Punta de Mata, Monagas. Dice la vieja que se llevaban a los hombres y los devolvían locos. Esta ciudad es igualita que esta, pero diferente. A una señora la encontraron una semana después, vestida, sentada plácidamente en una piedra en el medio del río. Su franelilla roja con puntos blancos, cabello recogido en un moño; esta señora no era indígena, mas bien pelo crespo, facciones afinadas. Debió ser linda en juventud. Hoy varias arrugas cruzaban su frente, sus cachetes, como el cuero doblado bajo el fuego (como la cintura de una mujer, mi mujer, como una silla de montaña verde azul y azul claro arriba. Como el paraíso terrenal, no ése que cuentan los curas pedófilos éstos que asolan la frontera. A propósito, el cura de Río Negro parece un cantante de reggaeton con algo de Jose Luis Rodríguez, y no podría decir eso con pruebas de él, uds. saben). Pero aparte de esto, volvamos a la señora que se me va la idea. La señora se frotaba el cuello, a veces con el ceño fruncido, otra con una postura relajada que estiraban sus jeans arremangados en la pierna. Estiraba las piernas sabroso, con la seguridad de que sería rescatada, y mientras tanto que se tarden, pensaba. Sonreía. Los dulces olores que se te metían en los labios, como duraznos grandes y suaves, ácidos y dulces. Los olores en la ciudad debajo del agua eran vulvas, pumarrosas y manos suaves y lentas. Los tiempos eran ilimitados y todo el día se te iba pensando en vainas. Que cómo se verá esto en 30 años, que cómo no se hubiera resuelto la muerte de Aymary con tres añitos esa niña murió vomitando, lo difícil del transporte, la negligencia, la arrechera, la niña, la madre muerta también. Un pedazo de ella había muerto, en esa tarde. Madre a los 13 años, una más de nuestras niñas en esa dinámica social cruel. Que te hace tan coñoemadre de tragar, que te quita el sueño. Soldados, vendedores, guardias, corruptos, paras, traficantes, las opciones de esas niñas son escasas y fúnebres. Y echó pa¨alante nojoda, con mi muchacha sin padre. La vida arriba era jodida, pensó y miró los balcones en donde se tomaba el sol bajito, naranja, aterciopelado entre tazas de porcelana e hilillos de oro. La esperaba su amiga, rubia alta de ojos verdes, tan sopesada, tan inquisitiva y sensual a la vez. Era un mundo que merecía vivirse, del que estabas seguro al entrar pero no al salir, se decía para sus adentros. Algo le olía mal a la india, algo no estaba bien, como las piñas que se arrancan podridas. Por un momento en el conuco reina la alegría interior, se tarda uno en ver o sentir el pedazo marrón, vino tinto, amargo con dulce. Se había devuelto, había dicho que no a las súplicas de los encantos para que permaneciera con ellos. Nada de esto podía ser real, algo malo debía tener. Cuando atravesaba la selva, pensó en los mawuari como rostros de dientes con ojos rojos atravesando la verde y negro con pasos agigantados, con su nueva víctima, con su nueva fuente de energía, quizás carne fresca. Había dicho no, y la mano que tapo sus ojos y su frente se sintió fría, como el sabor en la boca de las malas decisiones..

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