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HipHop en Venezuela. Una aproximación.

05/12/2014

por Orlando Romero Harrington.

Parto de una hipótesis que sitúa al rap como una manifestación artística; de entrada, esa es la mejor caracterización que puede hacérsele. Es insondable, tiene la extrañeza de generar éxtasis. Desde todas las perspectivas, devela de nuevo lo insondable: esa aparente inmensidad de laberintos que es asomarse a otros estados.

Sin embargo, el rap es materia social desde que fué utilizado a modo de historia. De historia insurgente puesto que hoy es un vehículo para la historia de los pueblos; al respecto me permito acotar que aquel refrán “la patria es el hombre” devela una verdad que no se aprende en los libros: la patria es humana, y somos todos los que compartimos una visión común, heredada o no de los territorios geográficos, políticos, culturales.

Al respecto he escrito en el post Hip Hop Resistencia y Pestilencia. 

Los cantos africanos son los responsables, absolutamente. No es arriesgado apostar a que algo de eso hay en el rap venezolano. La arena, el sol y el mar caribe son el hogar de comunidades cimarroneras, por allá por Barlovento. Fuente inagotable de sonoridades, los ritmos afrolatinos aportan lo suyo al proceso creativo, pero también son señales, faros en las penumbras que despelucan a los analistas de mercado. O más claro: es sencillo hacer un análisis que englobe sonoridad, instrumentación, ritmo, lírica, visual, imagen para entender de qué va la cosa afrocaribeña con esta mierda. Resulta que la salsa, como ritmo vital impregna de forma reiterativa la composición del rap en Venezuela. La salsa, entendida como manifestación artística primero del barrio, a la que se debe originaria pero también como sustento de la rebeldía contra la marginación, la discriminación y el racismo. La salsa como bandera de la negritud sí, pero también como elemento antisistema. Podríamos decir que la insurgencia de los pobres, de los diversos, de los invisibles sin temor a equivocarnos.

Que no se confunda esto con la exaltación del bandido, en el término “malandro”. La apoteosis del crimen, en términos generales es propia de la dinámica del contexto social en donde se manifiesta el hiphop. Si bien es cierto que en términos generales la conducta gánster ha categorizado ciertos elementos criminales, también es cierto que la industria audiovisual se ha apropiado de ellos, potenciándolos a niveles alarmantes. La reproducción de estos patrones entonces no es sólo materia de los artistas; es también asunto de una máquina de hacer hits que desesperadamente intenta comercializar pautas de moda, de conducta para domesticarlas, hacerlas digeribles y exportarlas a sus colonias.

Como resultado, encontramos gánsters locales que pregonan la destrucción del contrario, se disfrazan de maldad y botan espuma por la boca (creyendo que son balas). Todo aderezado con metales preciosos, accesorios caros, ropa de diseño, motos de alta cilindrada, cuerpos de mujer arquetípicos. Lamentablemente, el hiphop no ha podido desplazar la lucha en la jungla de concreto porque es su esencia ser contestatario; es parte esencial de su naturaleza la confrontación. Para eso inventaron el freestyle.

Pero, el hiphop “se debe” a lo social? Obviamente, sí. Sólo su entendimiento con la sociedad ya sea para desnudarla, señalarla, criticarla, modificarla o timarla sacude conciencias. Y de conciencias se trata, no? Las palabras que esperan enhiestas la caída del opresor son también palancas que aceleran su desplazamiento. Se entiende el rap como mecha, como insumo para la molotov porque no nace con el consentimiento del sistema; nace a pesar de éste y debería ser su objetivo principal dinamitar el cascarón formal y burgués que lo aprisiona. Su parsimonia ante los formal lo condena inexorablemente. Su sumisión ante las exigencias del mercado o del cliente de turno lo hace chamba, lo hace sueldo y eventualmente lo condiciona. Su debilidad ante las injusticias lo somatiza en jingles prefabricados en las emisoras de radio y en la televisión. Su ceguera ante la uníversalidad de lo local lo condena al ostracismo y brilla, como antorcha entre las cenizas cuando se empapa de las verdaderas fuerzas que mueven la tiranía del mercado; de allí no queda nada para hablar de anticapitalismo, de antiimperialismo. Las luchas eternas de la contracultura han quedado desnudas, puesto que los valores que promulga el capitalismo son valores inestables, dinámicos. De uso, los llamó Ludovico Silva; de uso fugaz y perentorio en la medida en que se pueda ganar dinero con ellos y contra eso, el hiphop debe enfilar los fusiles. Y digo debe porque eso se espera de él, así como los habituales espectadores de las paredes rayadas alrededor de la autopista en Caracas esperan ver algo más que tags.  La afinación de una décima, lo que la hace inolvidable es la originalidad con que el artista interpreta lo conocido y genera un elemento nuevo, sorpresivo e hiriente contra su enemigo natural: el sistema. Y el sistema, en Venezuela es capitalista. No basta volver con Marx en los análisis de los procesos políticos pre-socialistas; no basta decir que estamos apenas en un feroz interludio de emancipación histórica de unas cadenas que tienen varios rostros: el FMI, el Banco Mundial, la burguesía parásita y depredadora, la injerencia descarada del gobierno de Estados Unidos en la desestabilización de Venezuela. Cadenas que son racismo, xenofobia, criminalidad, abuso, ignorancia, odio, intolerancia. Cadenas también heredadas de una raza política fraguada en calderos neoliberales, privatizadores incluso de la voluntad. Corruptos que instalaron una filosofía del robo, del dejar hacer.

Entonces a qué lado de la historia situamos al hiphop? Al lado de la opresión? Imposible. Es más: el hiphop es aliado natural de los movimientos de izquierda, emancipadores, rebeldes, insurgentes. Es su principal vaso comunicativo. La creación del rap es vehículo y puerta al colectivo: es una creación que parte del registro de la experiencia humana en sociedad. Y esto es interesante, porque no es una verdad absoluta como tristemente estamos acostumbrándonos a entender el mundo; siempre hay un frente personal porque si no no es real; y esta realidad es la que nos permite acceder al autorretrato, casi siempre trágico del tormento.  Etapa maravillosa para la creación, para los que como yo se ciegan con la rabia. Etapa dolorosa, para algunos que prefieren olvidar y superar. En todo caso, esta es la puerta que conduce a la negación de nuestro apreciado intro; el hiphop es manifestación individual y así sobrevive y florece.

Una vieja discusión, si me permiten decirlo. La armadura que rodea al alma y los devaneos de nuestra interioridad contra la influencia del arte en lo público. La pegada, la transmisión de un mensaje muchas veces hermético e inconexo pero hecho de oro líquido. Los poetas malditos en lo suyo; brindando pistas de su pensamiento, registrando para la historia sus variaciones y dobleces. Atendiendo el sagrado deseo de mandarlo todo a la mierda y hacer explotar lo que sostiene las columnas. Jugando a detonar alguna sinopsis, alguna emoción en el que los oye que permita la combustión de lo establecido. Abriendo ventanas audiovisuales a sus más ocultos demonios y a su vez, exorcizándose en el proceso. La poesía, como flores en un jardín multicolor que brillan en un tono amarillento una vez al año, y precisamente es cuando uno la oye. Dependerá de la habilidad, la conexión, el beat calle, el léxico, las ganas de revolucionar la sódica o simplemente, la intensidad del amor o dolor que sientas. Siempre, hay una rima que toca alguna fibra escondida, algún recuerdo o algún deseo. Allí estará el hiphop, hablando de las cavernas en donde se guardan los dolores y las terrazas en donde se riegan las esperanzas. Allí estarán los beats insistiéndote en la cabeza, martillándote. El viejo abismo de Nietzche, mirándote en la penumbra.

Ejemplos? Demasiados como para enumerarlos aquí; sólo se hace necesario destacar la explosiva viralidad del hiphop venezolano en todo el planeta. Hoy el rap venezolano es una influencia en Latinoamérica. Hoy nuestros artistas son apreciados y escuchados en diversas latitudes del mundo, con un amplio abanico de estilos y modos. Y todos los días, amanecen nuevos guerreros. La causa? Seguro que la radical expansión de la industria del hiphop norteamericano y su consecuente distribución, como comida rápida en el continente que nos sostiene. Pero también experiencias novedosas y mucho más significativas como las Escuelas de HipHop EPATU, el Festival Otro Beta, experiencias como Tiuna el Fuerte. La masificación de la cultura hiphop y el apoyo frontal y decidido de la Revolución Bolivariana apunta a nuevas generaciones, cada una con más soltura y gracia que la anterior pero también con más hambre, con más voracidad por la lectura y la discusión y además: politizadas, enérgicas, combativas.

Finalmente, nuestros artistas han cruzado los umbrales hace tiempo, ya. Hablamos de leyendas, de hombres y mujeres que socavan las bases de cualquier escenario o calle que pisan. Hablamos de una superación progresiva, de un nivel sónico combativo y experimental, de improvisaciones desmesuradas y mortales, de fusiones de ritmos seductoras y exóticas. Hablamos de lírica y filosofía, de historias, de sucesos como contenido sí. Pero también hablamos de reflexión profunda ante la adversidad, ante el miedo y el amor.  El hiphop venezolano hoy es comunidad e individualidad, cinismo y voluntad, nihilismo y fé. Todo mezclado, y todos esperando a ver el desenlace. Yo, apuesto a una frase que le oí por ahí a Deja Vu. Es el barrio. Es y será el barrio, hasta el fin de los tiempos.

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One Comment leave one →
  1. 11/03/2015 10:23 am

    Como amante de esta cultura desde hace más de quince años, he de decirte que este artículo es muy acertado y respetuoso con el hiphop, su auténtico espíritu, su idiosincrasia y sus capacidades comunicacionales.

    Arriba este blog!

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