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Crónicas de un Arijuna II. El Despertar.

26/08/2015

Crónicas de un Arijuna Orlando Romero Harrington orhpositivo

por Orlando Romero Harrington

Existe.

Una noche de esas en las que el cansancio te hace roncar, abrí lo ojos en un zaguán. Estaba en ropa interior. Al fondo, una pared verde con una puerta que accedía a unas paredes sin friso. El chinchorro a la izquierda bailaba sin peso, con una forma humana cobijada.

Ella me dió de beber. “Bebe, me dijo. Bébetelo todo y quédate tranquilo Arijuna”. 

Las sombras largas de las luces que salían de los (el) cuarto(s). Mareado, luchaba por mantenerme en pie con uno de esos mareos sabrosos, divertidos. Alguien me observaba y traté de taparme, pero era imposible. Por el zaguán desfilaba gente conocida, pero muchas gentes en una. Como un prisma, podía ver quiénes habían sido y quiénes serían; al principio creí que era una situación temporal. Pero era una más de las mentiras que tanto se han empeñado en hacernos creer. Nada fué ni será. Solamente vive en otro espacio que no es éste. Por tanto, comprendí que las cinco o seis personas que veía moverse en aquel cuerpo eran, entre todos los posibles y las potencias eran, que alguien me ayude. Que alguien me ayude, porque siento que me voy a volver loco.

Las personas daban un paso y eran cinco. Como en aquel cuadro magnífico de Douchamp, Desnudo bajando la escalera. Lo curioso es que no pertenecían a ese cuerpo, incluso vestían diferente. Sus ojos eran decenas de sensaciones y pensamientos, todos ávidos de mostrarse en aquella noche de cuarto menguante. No necesitamos nada. No queremos nada, sólo llenar nuestras insatisfacciones, nuestros deseos artificiales signados por una sociedad decadente que todo lo mercantiliza y que al final, nos deja llenos de gases y de uñas. Nada somos, en principio ante la inmensidad de lo que desconocemos. Nada somos y nos creemos amos del universo, portadores de la energía celestial, almas y mentes brillantes, faros que alumbran lo desconocido. Nada éramos, hasta que rebatimos las teorías y creamos esas nuevas formas de morir.

Atrás quedaron todos los charlatanes. Toda esa pacatería, esos gritos de éxtasis por conexión con lo divino y también, con lo enterrado. Charlatanes, estafadores de poca monta que se han creído lo que secretamente sueñan, que usan sangre y culebras para teñir de tinta el devenir, que se estrellan día a día con escritos e imágenes, con crucifijos y escapularios, con oraciones y templos. Atrás, en el fondo de la perspectiva quedan aquellos que atan su destino al mal y al bien, que resulta lo mismo. Muy lejos, en montañas que se mueven en sincronía, que son y no son, que perfuman el aire con sus espejismos y sus artimañas. Los pies caminan hacia atrás, en un dolor intenso que tritura los huesos y el fin llegará de súbito, frío y en soledad. Los siete cielos dorados no mienten. La insignificancia de la soberbia frente al llanto eterno de unos mares negros, una piedras afiladas que son espuma, un camino que se aleja y piensa uno, en su egolatría que se fué.

Su risa era bajita, de otras épocas. Su risa era provocadora, pero leal.

“Miren al Arijuna. Todo ese plumaje, todo ese verbo. El jura que va a salvar a la humanidad”. Mientras reía, su bata azul índigo y sus ojos enmantillados fulguraban en la oscuridad, pero me veían con cariño. En el fondo, le hacía gracia mi terquedad. Yo era el halcón, y detallaba lo que podía. Esa filigrana blanca en el cuello, ese algodón traslúcido que dejaba ver una figura esbelta, esa piel canela y bronce y caramelo y barro y olla y arrugas y tiempo y rayos y lluvia de años.

El mareo no cesa, y con él viene la sensación de lo que pasará.

Una campana pequeña, llamó a lo que habitaba dentro de mí. El pasajero emergió por un labio, erectándolo, empujando, siendo por fin libre, visible y orgulloso en su maldad. Ella enseñaba, paciente, riendo. Ella tenía manos cálidas y gruesas de chinchorro e hilo. “Esto se envenena así. Dejando que se consuma en su ego, dejando que se sienta omnipresente e invencible frente a todo y a todos. Esto se envenena como el rocío que rompe la roca, Arijuna”.

Allí se excitó el volcán, y su semen carmesí asoló la tierra. Después, dando tumbos, a veces con éxito y a veces no, nace el pasto verde arriba y amarillo abajo de la roca volcánica. Así los símbolos vuelven a ser extraños, y la vida se te va en la felicidad del estudio y del descubrimiento. Allí sueñas bailando, en los márgenes de un río azul y verde con lagunas que son pupilas. Entiendes que es el camino y el bien que das en el andar. Que las mareas se mueven por amor, y las arenas por el olvido; que siempre habrá una opción, una senda que da rodeos pero vuelves al camino. Que las sendas son buenas cuando eres bajito, y fatigosas cuando te doblas como bejuco. Que la vida es tránsito, y es tuya. Vive, Arijuna.

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