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Crónicas de un Arijuna I. El sacrificio.

26/08/2015

Crónicas de un Arijuna Orlando Romero Harrington orhpositivo

por Orlando Romero Harrington

Adrián sabía que las oportunidades eran mínimas, y que en un segundo podría abalanzarse sobre él la muerte. No podía fallar. Con pasos suaves, que se resbalaban en el lodo y mierda del corral, Adrían y el toro bailaban una danza de miradas y de sudor. En eso, comenzó a llover. Para Adrían, la inercia del enorme toro negro se debía a el machete que cargaba en la mano, que deslizaba en círculos en su puño y que el agua de lluvia se encargaba de hacer brillar. “Me está midiendo y está cagao“, pensó con un dejo de esperanza y malicia. La piel negra azulada era una máquina de vapor, resoplante, en ebullición. los sonidos de las pezuñas arrancando la raíz del barro, las moscas volando enloquecidas por las orejas y un silencio de cementerio no lo distraerían de esos ojos rojos y negros. El colombiano se llenó de ira, de una ira salvaje por verse enfrentado así, injustamente a la desaparición, al olvido. Centró su atención en el toro, y lo odió con todas sus fuerzas, con todo lo malo que tenía en su interior, con todo el dolor de una infancia sin oportunidad y una familia que lo esperaría por siempre sin saber su destino. De repente, el toro dió un paso atrás. Los cachos amarillos con círculos de savia denotaban la edad “o a cuántos ha matado” pensó Adrían con un escalofrío. Esos mismos cachos amarillos y marrón, como un mármol de queso se movieron milímetros hacia abajo. Después de todo, era un animal. Un maldito animal negro y gigantesco, pero animal al fin. Quizás eran habladeras de paja de campesinos lo que se contaba sobre él y su dueño. Quizás era un mito para mantenerlos por la raya a base de chismes y rumores. Quizás, este era el fin de este pedazo de bosta con cuatro patas y él era el responsable, después de tanto luchar, por llevarse la gloria y porqué no, la Hacienda. Adrían no lo pensó dos veces, y atacó.

Lo conoció en RioHacha, un pueblo fronterizo con Venezuela. Omar era uno de los muchachos más espabilados de toda la manzana. Lo decían sus accesorios: cadenas de plata con crucifijos grandes, motos Empire de Venezuela, efectivo siempre, bultos de arroz, harina, granos, aceite y muchas otras cosas más para su familia. Omar siempre lograba hacer del bachaqueo un negocio rentable, seguro y próspero para los Castro. Y en la frontera, vales por lo que tienes. No hay nada más. Los Castro pasaron de una familia marginal como todas a una familia en ascenso, con rápidas construcciones de casas en terrenos que compraban en efectivo a sus vecinos. Para Adrián, Omar era un ejemplo a seguir. Todo lo que saliera de esa jeta negra con brackets hechos en Maracaibo, era materia de estudio. Omar era el éxito hecho carne, sin esfuerzo, sin amos, sin leyes que seguir. Sin mamarse la vida. Sin joder a nadie. El día en que Omar le ofreció ir a Venezuela a trabajar en una Hacienda (como fachada, dijo. Como fachada paisa, y así se me convierte usted en un comprador fiel allá, pendiente de todo y usted poco a poco me va haciendo el Cartel) Adrián supo que el momento de dejar el rancho y las coñazas de su padre, los coñitos comiendo en el piso, el eterno sometimiento de los paracos, el matraqueo de la policía y los abastos y bodegas llenos de productos que nadie compra. Supo también que era la oportunidad que todo el barrio estaba esperando y que él, como eterno “hacedor de mandados” de los Castro se había ganado a pulso. Sí, a Adrían la Mamá Castro (una negra hedionda y tetona, vulgar y contestona que le tenía por sobrenombre “IBM” (y veme a comprar huevos / y veme a pagar la luz) le tenía la vida frita, y aparte de ponerlo a mamarle la totona en sus ratos de ocio (“….ven aquí adriancito, ven mira: ves eso rosadito que sale de ahí? lo ves? anda chúpalo cabrón. Chúpalo, anda que Mamá te aparta todos los pelos pa^que te lo chupes. Así, carajito el coño, así. Como un caramelo, maldito carajito…”) Adrián odiaba con todas sus fuerzas su situación de mandadero. Pero, ya se sabe que en la frontera las relaciones se establecen en base al interés. No hay amor en estas planicies hirvientes. No hay amor en ningún lado. Hay transacciones, hay compra-venta, hay debilidades que no duran un día.

La Hacienda de Oscar Romero era un latifundio. Ni más ni menos. Situada en las profundidades de la Sierra de Perijá, el frío del clima no parecía ubicarse ni ser familia del clima que marcaba al Estado Zulia en general. Tenía una iglesia, una escuela, una cantina y hasta un cine improvisado con un videobean, en donde todas las noches se veía un capítulo de la serie gringa Dexter. Los campesinos y los encargados disfrutaban las peripecias de este joven y simpático descuartizador con risas y asentamientos de cabeza, ensimismados en las relaciones sentimentales. De resto, los días transcurrían en la recolección de la mata, como elemento principal de la faena y su procesamiento para llenar las canecas. Las siembras de plátano y yuca, como camuflaje se perdían en el suelo, pasto de ganado y caballos.

Si alguien conocía del carácter humano era Oscar Romero. O al menos, se jactaba de hacerlo. Adrían lo miró de reojo, porque todos le temían. Se decía que en su cuarto privado las cédulas colombianas forraban las paredes. Los ruedos de unos jeans planchados a la raya y unos zapatos marrones impecables le dijeron a Adrián, con voz suave: “Cómo te trata la vida, hijo? ya te aclimataste?”

-Sí mi Patrón.

-Cómo te parece el cuarto? Y la cama que te dí?

-Buena, Patrón, buena.

-Bueno, me alegra muchacho. Vienes bien recomendado. Vos sabeís que en el Patrón Romero tenés un amigo fiel. Quiero que me cuentes todo, me oíste? Todo. Yo entiendo que ustedes bachaqueen, todos lo hacen, pero me lo cuentan. Vos sabeís que es peligroso cruzar esas trochas sin que nadie lo sepa. Yo entiendo, que las vainas están jodidas allá y acá. Pero no quiero que por algún guevón de esta matera se me pegue un militar de estos chavistas de mierda, y se nos joda la batea. Entendés, Adrían? No quiero que hagas nada sin que me consultes primero.

-Ta bien, Patrón.

-Tu me das flores y yo te doy flores Adrián. Recuerda eso. Y me gustas, vale. Eres ambicioso.

La jugada de Oscar Romero era fruto de décadas de tradición en la Sierra de Perijá. Sus conexiones eran casi coloniales. Su familia tenía en el negocio tanto tiempo, que habían visto subir y caer políticos, sistemas, alcaldes (de hecho tenían uno) ministros, capitanes, generales, sargentos, comisarios, empresarios. Sus empleados, campesinos, recolectores y obreros estaban en su Hacienda porque la paga era buena, tenían todo allí y además, se beneficiaban de la extracción indiscriminada de productos venezolanos subsidiados por las políticas de la Revolución Bolivariana hacia Colombia. Romero vendía todo lo que le pasaba por delante. Electrodomésticos, materiales de construcción, productos alimenticios, vehículos, teléfonos, computadoras, televisores, etc. Pero su principal negocio era la siembra y venta de mariguana, enmarcada dentro de la complacencia de autoridades de toda índole. Así como entraba, así salía el dinero en mojar las manos de decenas de “tránsitos”. De lo cual resultaba que Romero controlaba el flujo de dinero en kilómetros a la redonda, al ser uno de los principales motores económicos. Para Adrián todo eso era mierda. Eso, y la leyenda de un Oscar Romero que sacrificaba todos los años, en una fecha específica a un empleado de la Hacienda ante un toro negro enorme. A Adrián lo que le importaba era Uno: conocer la mayor cantidad de trochas. Dos: pasar la mayor cantidad de cosas hacia Colombia. Tres: robarse al menos tres canecas de mata y perderse en las profundidades de Cúcuta. Ya lo tenía todo listo, en su cabeza. Ya conocía la trocha RíoSucio, capaz de dar paso a un 350 cargado. Invisible para la vista de Guardias y Ejército por encontrarse en un caño con una vegetación natural como muro, este camino natural entre los dos países era el más seguro y más eficaz para pasar materiales de construcción y electrodomésticos. Transitado después de las tres de la mañana, era un tiro al piso. La vaina era que no podías andar a pie. Te arrollaban sin pensarlo dos veces, a propósito.

Casi siempre, los campesinos y sus hijos jóvenes utilizaban carros robados en las ciudades para el contrabando a gran escala en las trochas. Las motos chinas eran cosa de todos los días, y servían para cabezas de guevo pelabolas como Adrián. Llevar bultos de arroz, aceite, harina, granos, carne todo regulado a la casa, para el diario. Sólo dos veces por semana, para los peones de Romero. Insuficiente, para Adrían. Los sueños recurrentes de fracasar, de ser un peón toda la vida no lo dejaban dormir. Era una esclavitud disfrazada. Los pocos días libres los perdía vendiendo lo bachaqueado allá en Colombia, o tratando de pasar con ron los dolores de espalda. Sueños de ojos rojos, y paredes naranja. Sueños de una cédula que lo llamaba, que brillaba entre todas.

El cacho lo atravesó por el hígado. Adrián podría jurar que oyó al toro reír. Lanzó el machete con toda la fuerza que pudo sobre el lomo negroazul. Podría jurar que también le dió.

La gran cagada del colombianito fué huir con zapatos. Con dos kilos de mariguana en los interiores, Adrián amaneció con ganas de pirarse de todo, y si era irse pa Cúcuta con menos dinero del previsto le importaba un culo. La súbita partida de varios trabajadores viejos, sus miradas burlonas, sus pasos cortos y callados en la madrugada le pusieron paranoico. “La fecha se acerca”, le dijo el más viejo y no dijo más mientras se montaba un bolso con cuatro vainas y cojía trocha. Los gritos de Romero pidiendo explicaciones y mirándolo de arriba a abajo. Los mugidos de un toro que nadie ha visto. Eran las diez de la noche y Adrián volaba por la trocha “Ciudad Bendita”, donde pasan sólo los flacos y las motos. Obviamente, no vió el coñazo con el tronco que le dieron en la frente, ni las risas, ni sintió los agarrones de culo, ni cómo lo llevaban en brazos de vuelta a la Hacienda.

El toro jugaba con él. Miraba igual que Oscar Romero. Lleno de barro, sangre y mierda, Adrían lloraba en una esquina del corral. Llamaba a su madre, le pedía perdón, le imploraba a Dios que lo ayudara. Sus ojos surtían lágrimas en cascadas. Sus brazos temblaban tapándose la herida. Pedía perdón a Romero, pedía perdón al toro, pedía perdón a Dios. No había diferencia entre abajo y arriba cuando la muerte se acercaba tanto. La lluvia sonaba a danzón macabro, y colocaba todo en cámara lenta. El toro lo rondaba, lo olía, lo esperaba. El llanto de cochino muerto era el relámpago de la noche. El toro clavó sólo la punta del cuerno en la espalda de Adrián, dibujando una línea lenta y recta de sangre en la piel. Y reía. Te doy flores, Adrián. El rostro de sus hermanos viendo cómo subía las matas de caucho. El rostro de su madre riéndose de sus travesuras. La injusticia de morir solo y fuera de su familia era sólo comparable a la rabia pueril que le provocaba descubrir que en aquel sueño de paredes anaranjadas y miradas de toro-hombre, la cédula brillante que lo llamaba era la suya.

E

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