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Crónicas de un Arijuna III. La Blasfemia y el Paraco.

02/09/2015

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por Orlando Romero Harrington

La cicatriz que marcaba el rostro del Chato era ancha, en la parte del cachete. Parecía que el colombiano no había dejado de hablar durante el proceso de curación, o simplemente el corte más bestial había empezado allí. Uno imaginaba, al verlo que esa marca podría tener varios fundamentos: uno, el Chato era un ladrón. Dos, una pelea. Y tres, era un paramilitar “desmovilizado”, de aquellos que se dejaron seducir por los cantos de sirena del gobierno colombiano y porqué no, los dólares de la USAID. Muchos de estos hombres no conocían otro ambiente que la selva y la bestialidad de su humedad sombría. Y a pesar de los reflectores y los flashes de los medios burgueses, las primeras planas de los “desmovilizados” y los gritos destemplados de los políticos atribuyéndose la “victoria” sobre el flagelo paramilitar, también habían muchos que eran firmes a los propósitos que adornaban las carnicerías, las noches de vela, los pies vueltos mierda: hay que tumbar a un estado comunista que le permite oxígeno a la guerrilla.

Con esa idea todo vale, se dijo el Chato mientras se empinaba otra botella de Cheminaud. La cuarta.

La verdad es que ninguna de las anteriores hipótesis era la causa de la cicatriz. Y probablemente nunca la sabremos, porque el Chato murió esa noche. Lo que sí podemos saber es el porqué, y esa sí que te la tengo. Quebró la Ley. Y eso se paga con sangre derramada y alma al cielo.

A el Chato lo mataron por bocón. Ya iba por la quinta botella, y la boca pastosa, y el perico que no llegaba, y las ganas de reventarle la cara a un hijoeputa, y la mirada embarrada. Y los amigos callados, porque “habían muchos pajúos, muchos sapos, y ahorita no se sabe con nadie”. Y el Chato que se sentía como una lavadora en pleno bataqueo, viendo a ese poco de pajúos bailando vallenato en Casa de Petra. A propósito, Casa de Petra era eso: una casa con dos cornetas, dos muebles, cuatro bombillos y piso de cemento. “Este Maduro es un hijoeputa”. “Me echo a cinco malditos malparíos de éstos y los pico en pedazos grandes pa¨los caimanes”. “Aquí no hay hombres”. Frases como disparos, en plena bailanta. Frases eléctricas en una región de miradas duras y fijas. Palabras que no se devuelven al esófago, que rondaban los espacios como magnetismo en las orejas de los hombres guajiros, wayúus que eran en su mayoría, los fiesteros.

Lo peor, es que el Chato no había matado a nadie. Su culo flaco nunca había tocado campos de guerra, ni se había enfrentado a nadie. Jose Alcides Rondón Restrepo, de 32 años era un carterista de poca monta en las calles de Medellín, en donde trabajaba como albañil en una construcción de la Alcaldía y trataba de resolver la quincena robándole carteras a turistas desprevenidos y paisas borrachos. Cayó reclutado en la Brigada Escorpión Rojo por casualidad, quizás por una jugada traviesa del destino que lo colocó en la esquina correcta, en el momento correcto. Ante los fusiles, el Chato gritó su adhesión a Alvaro Uribe, su odio desenfrenado a la guerrilla, su voluntad de pelear contra ellos y morir en el intento. Pero el Chato era cobarde, muy cobarde. Y muy listo, además. Terminó como un “tenedor”, un peón del narcotráfico que guardaba droga, armas, explosivos en varios reductos. A la hora de la chiquita, él era el encargado de distribuir las cosas. También fué el primero en aceptar las condiciones del gobierno para desmovilizarse. Como un animal de barrio, urbano y huidizo el Chato pasó de ser una mascota divertida y fiel a un ex-paramilitar con una historia amenazante contada por él mismo. Decenas de víctimas cruzaron sus aguas, embarcadas por sus muertos decapitados, sus victorias de guerra, sus campesinos saqueados y su maldad sin límites que se agigantaba a partir de cada conversación nueva. En eso se convirtió, antes de cruzar la trocha “montonera” y controlar un puesto de mototaxistas en Machiques.

Ella era menuda, india, entre joven y vieja con esa cualidad atemporal de las mujeres hermosas de nuestras tierras. Ella se hacía la sorda ante las lisonjas del colombiano, cada vez más sucias, cada vez más densas a medida que bailaba y daba vueltas en su cercanía. Ella lo confrontó al oír “te voy a mamar el culo hasta que te cagues”, gritándole sucio, maldito, hijoeputa con todas sus fuerzas, con toda la ira que le permitían sus cincuenta y cinco kilos, sus piernas flacas y sus brazos canela. Ella intentó una bofetada y el Chato le agarró el brazo y la empujó gritándole loca. Y así, en menos de cinco minutos la muerte aleteó sobre el techo de acerolid, una neblina negra rodeó las almas y los vasos se detuvieron ante las bocas. Nadie pudo decir después lo que pasó, puesto que sería quebrar la Ley. La policía llegó media hora después y presenció tres cuerpos destrozados a puñaladas. Los rostros eran irreconocibles. “Cosas de guajiros” dijo el Sargento López. En una tierra donde todo el mundo es familia, donde hay padrotes con ciento seis hijos, es menester tener cuidado con la bebida y las bajas pasiones. “Estos tienen pinta de colombianos. Qué hacemos con ellos?” dijo el asistente. “Pa^la morgue. Allá verán que hacen. Vámonos de aquí”.

Era mediodía, y la mujer del Chato cruzaba la calle del barrio hacia la autopista. Parecía tener prisa. Llevaba un maletín grande, pesado a la vista. Miraba a todos lados, nerviosa. Sin maquillaje y sin tregua, la mujer hacía todo lo posible por llegar lo más rápido posible a la parada de “chineros” (autobuses de la vieja escuela, sin aire y sin amortiguadores); tres kilos de cocaína, un revólver y trescientos cincuenta mil bolívares le serían útiles en Colombia. La Ley era clara. Ella pagaba también con sangre.

La moto cruzó la acera. Ella no la vió al principio. Cuando se percató, era demasiado tarde y el terror la paralizó. El machete cayó directo a la yugular. Nadie miró. Nadie habló. Por unos segundos, todo se detuvo para luego, lentamente volver a su ritmo. Antes de perder la conciencia, ella oyó las palabras del Chato: “poco a poco les vamos a demostrar que Colombia nos quedó pequeña“. El cuerpo, tendido en el asfalto en una ridícula x parecía una marca en la tierra para un aterrizaje de alguien que entendiera, de una vez por todas que siempre hay un tiburón más grande que tú. Y en tierras calientes, se respeta o se muere porque no hay tiburones. Hay manadas, son muchas, múltiples, todas. Y no olvidan.

La sangre hirvió, se hizo asfalto. Y se olvidó.

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4 comentarios leave one →
  1. Yocasta Pura permalink
    10/09/2015 3:32 am

    Conmueve la crónica de una tierra que siendo tan nuestra es a la vez tan lejana, gracias por compartir, felicitaciones por sus trabajos y gran orgullo de que mi país tenga hijos de su talla, Me gusta pensar que teniendo medio mundo en contra, seguimos de pie, prestos rodillas a tierra. Con mucha seguridad que Venezuela es inderrotable, Venceremos.
    Saludos y cuídese mucho compatriota.

  2. luis roque permalink
    04/09/2015 2:24 am

    como siempre tus comentarios no tienen desperdicios, eel problema es que eres como el fasntasma custa para conseguirte, cuando puedas comunicate conmigo camarada saludos luis roque

    • Orlando Romero Harrington permalink
      04/09/2015 5:13 pm

      Epa Luis. Sin telefono de nuevo :(. Por twitter te lo mando.

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