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La microfísica del poder en Anzoátegui.

21/09/2018

por Orlando Romero Harrington

Twitter: @orhpositivoatak

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En tiempos de todos contra todos, cantaba el poeta argentino. Y Michael Foucault, en su libro homónimo a estas notas decía: “Otro uso de la historia: la disociación sistemática de nuestra identidad. Porque esta identidad, bien débil por otra parte, que intentamos asegurar y ensamblar bajo una máscara, no es más que una parodia: el plural la habita, numerosas almas se pelean en ella; los sistemas se entrecruzan y se dominan los unos a los otros. Cuando se ha estudiado la historia, uno se siente «feliz, por oposición a los metafísicos, de abrigar en sí no un alma inmortal, sino muchas almas mortales». Y en cada una de estas almas, la historia no descubrirá una identidad olvidada, siempre presta a nacer de nuevo, sino un complejo sistema de elementos múltiples a su vez, distintos, no dominados por ningún poder de síntesis: «es un signo de cultura superior mantener en plena conciencia ciertas fases de la evolución que los hombres ínfimos atraviesan sin pensar en ello. El primer resultado es que comprendemos a nuestros semejantes como sistemas enteramente determinados y como representantes de culturas diferentes, es decir como necesarios y como modificables. Y de rechazo: que en nuestra propia evolución, somos capaces de separar trozos y de considerarlos separadamente»”.

Sin ánimos de sumergirnos en la densa marea de Foucault, traigo a colación este título sin pasar por el go de la filosofía contemporánea y apunto directo a la política local. A la criolla, y es más, a la específica, la anzoatiguense.

Es común que el individuo quiera, piense y desee “subir” su status en medio de una sociedad capitalista y signada desde la escuela por la competitividad. Pasando por la famosa pirámide de Maslow, desde hace mucho tiempo ya las élites de la sociedad que han construido sobre la sangre y la muerte del otro han determinado, al menos sociológicamente unos parámetros a los que han denominado “necesidades”. 1200px-Pirámide_de_Maslow.svg.png

Hoy, Anzoátegui se debate entre el cambio radical que resulta de la muerte de un esquema productivo petrolero que originó un sistema rentista, y con él una rémora circular de dependencia laboral en primer caso, y de mafias y corrupción un poco más allá. Por consiguiente, estas necesidades que tanto peleó Maslow por convertir en leyes hoy no significan ni representan nada en una sociedad apocalíptica que sufre los embates de una agresión económica imperial. Digo, para el común. Para el 97% de la población.

Pero, es el 3% el que nos interesa. Y ese 3% de la población caribe se ha enriquecido a costa de prácticas barbáricas. Asociados siempre al oro negro, empresarios, empresarios de maletín, gerentes, funcionarios públicos, políticos, militares, contratistas sin distinción de clase y sin titubeos a través de más de treinta años hoy muestran megafortunas, propiedades de extremo lujo mientras viajan sin remordimientos a destinos paradisíacos, se mantienen en estas tierras tratando de seguir la sangría, o se refugian en condición de asilados políticos en el mismo imperio norteamericano que a la menor señal congelará sus bienes.

En Anzoátegui el mejor ejemplo es ejemplificar la corrupción en cada paso. La viveza, la trampa, la vuelta a las situaciones son (para muchos) la única manera de progresar. Los valores humanos como la honestidad, el compromiso, la tenacidad, la paciencia, son una quimera para este 3%. Sus actitudes, sus maneras y sus métodos se han convertido en un ejemplo a seguir. Por tanto, este 3% es infeccioso. Es un cáncer. Un virus letal para la construcción de una sociedad basada en la decencia. Pero, esto es sólo una afirmación genérica. Vamos más allá-

Cuando se habla de “maneras” de actuar, también se debe hablar de su influencia en el común. Es decir, las sociedades capitalistas y en específico las post-coloniales tienen como referentes de actuación claro, a las élites. El día a día, ese que no está en los libros, esa famosa frase “universidad de la vida” que transmite tanta o más información que la academia no regulada, no censurada por nada ni por nadie es la que permea las clases “inferiores” (léase pequeño-burguesía, proletariado, lumpen-proletariado) en una diáspora de maneras y formas de aproximación a la realidad. Se incrustan en nuestros niños, en nuestros jóvenes. Son la otra escuela.

Esa escuela tiene varias cabezas, como una hidra invisible. La más dolorosa siempre será la prepotencia. No te extrañe lector y lectora, observar con asombro el cambio radical de aquel muchacho, aquella muchacha simple y trabajador@ en una bestia déspota, inerte ante los reclamos de la gente. La razón? Poder. Poder crudo y sin digerir, poder asignado por alguien o algo que le permite decidir la suerte de una vida en un hospital, el alimento de un niño, el papel que necesitas para un trámite. Y de dónde, y porqué ese cambio? La razón es simple: poca preparación académica, procesos pobres de razonamiento intelectual, formación ideológica inexistente, y una imitación inconsciente a las élites. En la microfísica del poder, esa maraña diminuta de relaciones interpersonales que asigna preponderancia en un asunto concreto a una persona sobre otra, el poder funciona como una acepción de valía, de superioridad y también de dependencia. La arrogancia de saberse superior aunque sea en una mínima parcela de poder, transforma. Embrutece, insensibiliza. Eleva de manera ficticia, soñada en la pirámide sólo para caer como ladrillo cuando el poder se pierde. La prepotencia del poder origina cuadros depresivos, como un abstemio en un mundo sin alcohol. Lo triste es que se toma como modelo para hacer política. Se ha vuelto normal, hasta necesario para algunos. Lo curioso es que la historia demuestra que esas actitudes se devuelven, con más fuerza y más garra contra su emisor.

La otra cabeza, la corrupción. Para ser corrupto en estas tierras no falta nada, se respira en el aire. Los modelos de ese 3% se han desparramado por la población debido siempre a la presencia de petróleo y el sueño de la vida fácil. De cualquier cosa se quiere sacar beneficio, de cualquier situación una tajada. La idiosincracia se maneja a punta de realazo. Y si hablamos de los funcionarios públicos, políticos y militares podemos decir que la conciencia del erario público no tiene mucha entrada en sus mentes. Es decir, la misma noción de estado, de colectivización de recursos para una mejor vida, la pertenencia a estructuras de gobierno, la supervisión de la cotidianeidad, la regulación del comercio, la prevención del delito como tareas fundamentales cargadas de ética se ha perdido. Un continente aislado, embravecido por la impunidad. La fiesta del sálvese quien pueda en la época dorada del chavismo ha terminado, y aún hay algunos que se niegan a entenderlo. Aún en esta coyuntura precaria, de sobrevivencia asisto todos los días a nuevas noticias y nuevos datos que develan tramas, conspiraciones y manipulaciones subterráneas para saltar los procesos habituales de negocios y robar. Sí, robar con sus cinco letras. Desde el conductor de autobús, el panadero, el bachaquero, el policía, el militar en la alcabala, el político en el despacho, el empresario en ruedas de negocios, el banquero y las cuentas muertas. La corrupción como un estado de vida, como una cirrosis hepática que moldea los rostros en gris y avejenta las manos que alguna vez fueron imbuídas de poder para ayudar al pueblo.

Y debo hablar de ésta como motor de todas: la competencia. La competencia en la microfísica del poder demuestra hasta qué punto cobran fuerzas estas palabras. Una insensibilidad para las cosas más sublimes que son inherentes al poder: respeto, admiración, afecto por parte del público en general hacia los políticos son lanzadas al piso, pateadas de manera invisible. Lo que importa, es mantener el poder o conseguir más porque el poder para este 3% es la única manera de seguir viviendo. Y en esa competencia infernal nada importa, sólo la destrucción del compañero que es, el enemigo. No hay valores sentidos, arraigados. Ni hablar de valores socialistas. La competencia no conoce parámetros, ni límites ni pena. Maniobras en reuniones pequeñas, brazos caídos, sabotaje, rumores, agresiones físicas, chantajes, agresiones en redes sociales, falsos testimonios, intentos de compra de conciencia, intentos de soborno, falsas promesas, lo he visto todo. En este estado, hay tumbas que hablan y dicen más de lo que se puede decir aquí. Una guerra caníbal entre revolucionarios no contada, no registrada en ningún papel y que hoy saca la cabeza del foso pútrido porque conoce su destino. Y es la extinción. Pero voy a profundizar un poco en esto último.

Habitamos tierra de Karibes. Una raza cósmica que se constituyó en la última fortaleza indígena ante los conquistadores. Su fortaleza radicaba en su corpulencia, su conocimiento de las aguas y su extensa población, regada por la zona norcentral del territorio venezolano. De alguna manera esa sensación de lucha no concluída habita en nosotros. Y esa misma presencia no lógica hoy se levantó. Se encuentra erguida, hastiada de una manera de hacer política que subyuga a los no iniciados, excluyente y salvaje. Los karibes hoy son 76% jóvenes. Anzoátegui es un estado joven, cimentado en las bases profundas del socialismo de Hugo Chávez, movidos por amor y furia ante el invasor. Son miles y miles de jóvenes que nacieron en Revolución, que responden a los valores y a las directrices de una conciencia ética nueva. Pero que se han cansado de jugar. Se han cansado, se les vé en el rostro y hoy quieren protagonismo. Un protagonismo originario, esperanzado y combativo. Este 97% se ha amalgamado, se ha fundido en una sola voz que no quiere saber de silencios, que no quiere ser maltratada, robada, distanciada, invisibilizada. Hoy Anzoátegui ya no responde a consignas ni a clichés. Para hacer política en tierra karibe hay que demostrar, convencer, ejemplificar, sangrar, sudar. Liderar a partir del ejemplo. Ser uno con el otro, hasta comprender que no podemos ser iguales pero podemos respetar nuestras diferencias, en una conjunción de voluntades para hacer un mejor estado, una mejor Barcelona, una mejor humanidad local. Nuestra. Nueva. Los retos del chavismo pasan por comprender las emergencias de nuevos líderes, que no calzan en el pozo séptico anterior. Pasa por asumir las debilidades individuales para contrarrestarlas con formación y convertirse en un referente de honestidad y transparencia. Pasa por la depuración de las estructuras de gobierno. Pasa también por la consolidación del poder popular con el ingreso de los jóvenes. Camina con el reconocimiento del otro, el respeto.  Sólo así la política revolucionaria dará el paso que trate de acompañar el sacudón generacional y filosófico que avisa la tempestad. La política debe dar la cara, sí. Pero lo más importante es dar el corazón comprometido con el desarrollo y el bien común. Un Anzoátegui esplendoroso con un 97% de hombres, mujeres y niñ@s está esperando por nosotros para co-guiar nuestros destinos. El camino es derecho, y no hay desviación que valga. Seguimos.

 

 

 

 

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